Otro encuentro con la belleza y la dificultad

“She saw herself on the London-bound platform of Oxford railway station, nine o’clock in the morning, violin case in her hand, a sheaf of music and a bundle of sharpened pencils in the old canvas school satchel on her shoulder, heading towards a rehearsal with the quartet, towards an encounter with beauty and difficulty, with problems that could actually be resolved by friends working together.”
Ian McEwan, On Chesil Beach
Con su última novela corta, una vez más, McEwan ha vuelto a sorprenderme y, como siempre, a darme unas ganas enfermizas de ponerme a escribir.
En Chesil Beach se narra paso a paso la noche de bodas de Edward y Florence y su desenlace en 1962, en una Inglaterra culta y puritana (un año antes de que en Inglaterra se empezara a follar, según Philip Larkin). Los protagonistas tienen poco más de veinte años y se conocieron en una manifestación en contra de la armas nucleares. Edward, estudiante de Historia y aficionado a la música rock, es hijo de un maestro de pueblo y una madre afecta de una demencia orgánica. Florence es una chica de clase media alta, violinista en un cuarteto de cuerda, y en cuya preciosa casa de Oxford se come hasta yoghourt. Los dos son vírgenes, y cándidos, el día de julio de 1962 en el que contraen matrimonio. Su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach (Dorset) es el pretexto para el dibujo de una época, y para contarnos una contenida historia de amor que pudo haber sido y no fue. La inocente aversión al sexo de Florence -nadie, nadie sabe meterse como McEwan en la piel y el sistema límbico de la mujer más lúcida- y la humillación de Edward en un tiempo en el que hablar de sexo era impensable, desembocan en el modo en que puede cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada. Y al final de la novela, en un rápido bosquejo de varias décadas, McEwan lo deja a uno (de nuevo) con esa melancolía insoportable que a veces produce la certeza del paso del tiempo.
Ah, si uno supiera escribir así.
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Autor: Marsu
Releo lo que he escrito y, curiosamente, he empleado muchas más palabras que McEwan para intentar decir lo mismo, y a él le ha quedado mucho más claro. Como tú dices, si supiéramos escribir. Aunque en tu caso es falsa modestia, creo yo ;)
Fecha: 29/03/2008 00:43.
Autor: Ignacio Jáuregui
McEwan no se distingue precisamente por su concisión al escribir, y de hecho a veces sus rodeos le restan ritmo a la narración principal. Pero es de una exactitud y de una puntería que produce envidia de la mala.
Un abrazo.
Fecha: 29/03/2008 10:17.