Cariño gordo

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© Ignacio Jáuregui, 2005

Editado en el colectivo Tusitala (El narrador)
Adamar Ediciones.  Madrid, 2005 
(ISBN: 84-934056-7-1)

Llueve en Bilbao, y la plaza Circular hoy me recuerda aquella otra noche tan lluviosa de Madrid, tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola, y los pies mojados secándose dentro de las pantuflas al calor del brasero eléctrico. En ese recuerdo te abrazo más fuerte, te ciño la cintura de avispa mientras bajamos camino del Arenal por la calle Buenos Aires, y aunque sé que tu abrazo recíproco es mentira, trato de creérmelo, encajo la presión de tu brazo en mi cintura de hipopótamo como muestra de pasión, pero sé muy bien que tu caricia es sólo un consuelo, un premio de consolación, un caramelo, una dádiva sin un asomo de ese cariño enorme y posesivo que a ratos me consume a mí por tí.   

Madrid y tú. Tantas veces me había bastado vagar -¿Encontraría a la flaca?-, vagar una vez más entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, rastrear la calle por Barquillo y Almirante hasta las Salesas, hasta Alonso Martínez, hasta encontrarte como siempre donde siempre y compartir contigo una caña y unos pocos besos en un café de Regueros o en una tasca de la calle San Mateo. Volver contigo a las tabernas de la calle Echegaray, de Cardenal Cisneros, al Bilbao de Madrid, a Malasaña, al café de Manuela, al Principal, al de Ruiz, a la Vía, al Isadora… Coger un metro, ese metro de las líneas antiguas, Esperanza-Argüelles, Canillejas-Aluche, de olor a polvo subterráneo y a vainilla­; ese metro que nos llevaba a algún estreno, que uno dejaba en Tirso de Molina o en Gran Vía para conocer otro teatro más, otra reforma de la reforma de un edificio en ruina técnica desde la Transición, para ir a ver una versión libre de una adaptación de un resumen de una obra de Ionesco basada en un cuento de Chéjov e interpretada al estilo de Beckett con diálogos de Genet por media docena de actores y actrices desnudos en un escenario negro. Tantas veces todo eso y mucho más: tenerte como entonces, flaca, quererte y que me quieras, y no que me toleres, y no que me consueles con un beso sin ganas.  

Te quise en Madrid, te quise tanto. Me quisiste; estoy casi seguro. Aunque siempre te parecí gordo, tan gordo. En la noche lluviosa Bilbao resbala, el basalto mojado de la acera desafía suelas y tacones y tú y yo seguimos bajando, dando traspiés bajo la lluvia débil y pesada y pertinaz sin nada que contarnos, sin nada que decirnos desde hace tanto tiempo. 

—¿Te acuerdas de Madrid?

—¿Qué dices?

—Que si te acuerdas. Madrid. Las tardes de lluvia. Nos poníamos ciegos de pasta…

—De ensaladas.

—Sí, flaca, sí. También de ensaladas.

—¿Por qué te da ahora por hablarme de Madrid?

—No, por nada, mujer. Sólo es la lluvia… me ataca la memoria.

—Ya. A mí me ataca los nervios, fíjate. 

Otra vez esa sonrisa vacía, hueca de contenido, huera, estéril, yerma, esa sonrisa antártica que me consume de angustia y me hace abrazarte más y más fuerte, ceñirte la cintura diminuta buscando una reciprocidad que ya no existe por mucho que te abrace. Es como ceñir un poste, una farola. Te he perdido.  Está fuera de duda.     

—¿Es que no hay un taxi libre en todo Bilbao? Estoy hecha una sopa. Podías haberte acordado del paraguas, tú también.  

—Tienes razón. Ten, toma mi chaqueta. 

Cruzamos en silencio el Arenal, la avispa y el hipopótamo, camino del Casco Viejo, y el asfalto mojado redibuja, deformadas, las siluetas luminosas del teatro Arriaga, del hotel, del Boulevard y los bancos. No miro por dónde voy, no veo las fuentes ni los árboles ni los arriates. Ni siquiera noto los pies húmedos, ni el sirimiri que, sin chaqueta, me empapa ya directamente la camisa. Sólo percibo tus pasos rápidos sobre los adoquines, flaca, tu silueta huidiza que se aleja un poco más de mí con cada paso, con cada vez que te intento rodear la cintura evasiva; tu mano como de pez, escurridiza, que ya no aprieta la mía cuando intento entrelazar mis dedos entre los tuyos. Tus dedos delgados. Mis dedos gordos.  

Ya no recuerdo cuántos kilos llegué a perder por ti, por mí, por verme digno, por intentar estar a la altura de ti y tus ensaladas. Pero eso fue hace tanto. 

Buscamos el cobijo de los soportales de la Plaza Nueva, y entramos en un bar, sorteando gente, paraguas plegados, gabardinas, niños, perros, y nos acercamos hasta la barra pisando serrín, palillos, servilletas, colillas, cabezas de gambas. Te vas, malhumorada, hacia los cuartos de baño. 

—¿Qué te pido…? —pregunto, pero ya no me oyes, no quieres oírme, no te vuelves. 

Te sobro completamente. 

Me vuelvo a la barra. Los pinchos de tortilla me miran, acogedores. Pinchos. Cuánto me cuesta acostumbrarme a tu escarola y a tu pescado hervido. Me matas de hambre, flaca. Y yo siempre igual de gordo. Gordo como…  

…como ella. Está ahí en frente, al otro lado de la barra circular. Es gorda, muy gorda, como una foca, y engulle pinchos a la velocidad de una máquina de troquelar. Sonríe con los ojos, una sonrisa dulce allá detrás de los inmensos pómulos rollizos, y su sonrisa resulta un desafío en sí misma, una guerra declarada a los endocrinólogos y los dietistas y los consejos radiofónicos. El anorak vistoso y el vestido, todo tan alegre. Todo le queda tan mal. Es perfecta.          

Sin dejar de mirarla de reojo, vuelvo de nuevo la vista a los pinchos de tortilla, alineados junto a una legión de platos multicolores donde se mezclan pequeñas obras de arte a base de huevo, atún, pimiento, aceitunas, gambas, salsa rosa, champiñones, jamón, salmón, cabello de ángel. Qué demonios. Qué demonios. 

—Pero ¿qué haces? ¡Oye! ¿Te has vuelto loco…? —preguntas, pero ya no te contesto. No te noto llegar. Sólo engullo pinchos de tortilla, bocaditos de jamón con pimiento frito, sándwiches de atún con mayonesa y tartaletas de ensaladilla—. ¡Pero si estás… a régimen! 

No te contesto. No te miro. Sólo la miro a ella, a través del culo del vaso de cerveza. Ya sólo tengo ojos para ella. Tan gorda. Tan feliz. Me vuelvo a ti por fin y te contemplo, abúlico, bovino. 

—En Madrid me querías. Me quisiste, ¿verdad? Siquiera un poco, flaca. Confiésalo. 

—Pues claro.  

Esa falta de convicción, ese descrédito, esa condescendencia, esa lástima aquiescente en la mirada, ese asomo de ternura agria y despectiva que ya se ha hecho costumbre.  

Eructo. Tanto pincho. Tanta cerveza.  

Me doy la vuelta, buscando en la barra esos otros pinchos de ventresca de bonito y de revuelto de setas con jamón que todavía no he probado.  

No noto cuándo te marchas.  

El camarero me llena la jarra. Ella, mi rolliza alma gemela, me está mirando, me sonríe con los ojos, se me acerca, y siento un escalofrío adolescente. Gordo, me digo: ésta es tu noche.

Afuera, sigue lloviendo y lloviendo sobre Bilbao, y como aquella otra noche remota de Madrid (tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola), creo que vuelvo a ser el tipo más gordo y más feliz del mundo.
Lunes, 04 de Junio de 2007 23:20.

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gravatar.comAutor: Marsu

Qué bien escribes, Ignacio...

Fecha: 04/06/2007 23:35.


gravatar.comAutor: Juan Carlos

Este me lo leí yo el otro día, pero en cierto libro...

Fecha: 05/06/2007 14:30.


gravatar.comAutor: Ignacio Jáuregui

Mil gracias por tus elogios y por tu fidelidad, Marsu.
Y sí, Juan Carlos, el cuento está ya publicado en "Tusitala" y forma parte del libro de cuentos que ya tengo acabado y pretendo publicar, quizá en esta vida. Lo he puesto aquí porque ayer me emocioné con la visita de Miguel Ángel Chéjov, y me ha dado de pronto por poner la casa visible para las visitas, pespuntar los tapetes y limpiar la alpaca. Uno nunca sabe.
Abrazos.

Fecha: 05/06/2007 21:49.


gravatar.comAutor: Miriam G.

Me gustado, mucho. La forma y el fondo. Precioso.

Un beso, Miriam G.

Fecha: 06/06/2007 12:41.


gravatar.comAutor: Belén

Me ha gustado mucho, y lo he sentido.

Fecha: 06/06/2007 13:22.


gravatar.comAutor: Sr. D

Como lector, mi aplauso. Como gordo, un fuerte abrazo

Fecha: 06/06/2007 15:46.


gravatar.comAutor: Sergi Bellver

A veces a uno le contagian esa manía de verse en forma, presentable, como un San Luís, y otras desea desesperadamente dejarse ir, desparramarse en horizontal, y que le amen a uno a través del colchón de carne, hasta la médula del hueso, desde el fondo de la mirada.

Pero luego tiene uno la caña en la mano, la cerveza, digo, y el pintxo de pimiento verde relleno de Idiazábal, y mira a la morenaza del final de la barra, y maldice haber sido alguna vez tan ingenuo.

Con el mismo tono con el que ciertos niños cabronazos lo gritan en los patios, pero con una misericorida camuflada, en el fondo de mi corazón, seré siempre un puto gordo.

Enhorabuena por lo que haces, Capótegui.

Fecha: 06/06/2007 16:48.


gravatar.comAutor: Ignacio Jáuregui (a) Capótegui

Muchísimas gracias, Miriam G. y Belén. Y gracias también a tí, Sr. D, y por cierto, muy bueno tu post sobre Sarkozy y tu hierático comentario al visitante facha: "Efectivamente, lo es".
Sergi, no tengo palabras para tu lealtad como lector, dispuesto a asumir toda gordura por pura solidaridad. Y cielos, qué buen gusto al elegir tu pintxo.
Abrazos per tutti e tutte.

Fecha: 07/06/2007 22:54.


gravatar.comAutor: Ignacio

Ah, y Miriam G, otro millón de gracias por publicitarme en tu blog.

Fecha: 07/06/2007 22:59.


gravatar.comAutor: Gretel

Entre Botero y Giacometti ya sabemos quien va ganando. Me ha gustado muchísimo compartir la lluvia y los pinchos con tu gordo.

Fecha: 10/06/2007 22:48.


gravatar.comAutor: Ignacio

Mil gracias, Gretel. Yo he disfrutado con las medusas en tu blog...

Fecha: 11/06/2007 11:20.


gravatar.comAutor: Andreia

Me ha gustado mucho, mucho, tienes talento, y los pinchos buenísimos!!gracias!!!

Fecha: 23/06/2007 04:32.


gravatar.comAutor: Ignacio

Gracias por tu éntrada, y bienvenida, artesana Andreia. Respecto a tu blog, yo de collares no entiendo, pero tus muñecas de trapo son una maravilla.
Un abrazo gordo.

Fecha: 23/06/2007 08:28.


gravatar.comAutor: Tamara

buenísimo ...me encantó!!!

Fecha: 09/05/2008 02:06.


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