Kennedy y yo (I)

© Ignacio Jáuregui, 2006
Publicado en el colectivo Lugares de Paso, Escuela de Escritores SL, Madrid, 2006
Dicen que nací una noche tempestuosa a mediados del siglo XX, a medio camino entre el Duranguesado y Bilbao, en el fragor de una violenta tormenta de verano y dentro del Gordini de mi padre que avanzaba por el valle en la espesura, mientras mi madre daba alaridos ahogados de multípara a medida que yo me escurría cabeza abajo buscando el cuero de imitación del asiento trasero.
Eran aquellos los años de la guerra fría: Los rusos acababan de lanzar al espacio el legendario cohete Sputnik, y Kruschev trampeaba con Eisenhower, y Eisenhower trampeaba con Franco y le colocaba bases militares por toda la península, y se estrenaba Ben-Hur, y Domenico Modugno ganaba Eurovisión con Ciao ciao bambina. Nacían muchos niños, y yo fui el enésimo hermano en una de aquellas hiperbólicas familias numerosas de los tiempos. Quizá por eso, dicen que fui un niño despierto. Hay quien dice, incluso, que fui guapo, aunque en este punto las versiones difieren, y mucho.
−Qué niño más guapo −le decían algunas vecinas envidiosas a mi madre−. Es tan guapo que parece niña.
−Sale a su padre −sonreía mi madre con orgullo y con modestia. Y en seguida contraatacaba−: Tu niño sí que es guapo, con esas cejas tan pobladas, que está hecho ya un machote y un señor.
−Es niña −murmuraba ronca la vecina.
Dicen que fui un niño tan despierto, tan despierto, que aunque el primer aparato de televisión no entraría en casa hasta mediados de los sesenta, yo ya seguía sin saber leer la actualidad en blanco y negro en las fotos de La Gaceta del Norte y de aquel semanario llamado "SP" que leía mi madre. Mi padre le daba más bien al Marca, creo recordar.
Cielos, cómo nos gustaba Kennedy. Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón. Qué más podíamos pedir. A mi madre se le humedecían los ojos al leer en sus discursos la convincente necesidad de aniquilar al Vietcong y de invadir Cuba y de fabricar diez veces más misiles con cabezas nucleares que la Unión Soviética. Y encima Kennedy se había casado por la iglesia católica romana, y con Jacqueline, que a mí se me hacía feúcha como mis hermanas; pero ellas la encontraban fastuosa. Aquellos jóvenes pijos de Nueva Inglaterra con sus fincas y sus balandros en Massachussets… Aquello se empezó a copiar desde las fotos del Hola! en toda España. Todos mis hermanos varones se disfrazaron de Kénnedys. Como todos suspiraron también por Marilyn Monroe.
Creo que la tele −aquella televisión Vanguard con antenas en el techo que se sintonizaba a manotazos− todavía iba a tardar un año en entrar en casa, así que debió ser la radio de Raúl Matas la que dio la noticia el día que Marylin Monroe apareció suicidada. Aquello rompió el corazón de mis hermanos varones. No el de la sección femenina de casa; según mi madre, ése era el final normal y merecido de las actrices/meretrices sin educación y sin principios que tomaban drogas y somníferos y que vivían de divorcio en divorcio y se acostaban sin otra cosa encima que unas gotas de Chanel nº 5. Yo era muy pequeño, así que no opinaba; además, a mí Marilyn no me decía nada; no iba al cine. Tardaría todavía treinta y tantos años en enamorarme de la maravillosa Norma Jean Baker de las fotos en blanco y negro, treintañera curiosa, loca por aprender algo de la intelectualidad neoyorkina, sin cosméticos ni lunares postizos. Y qué sabía yo entonces de si se la tiraba o no John Kennedy. Y a mí qué me importaba. Y de haberlo sabido, habría considerado el asunto como parte de la campaña presidencial por los derechos civiles. En casa no se hablaba de otra cosa.
−Cómo le gustan las minorías a este Kennedy. Los negros...
−Los hispanos…
−Las actrices…
−Si es lo que tiene, que encima de guapo, es católico a machamartillo.
Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón.
Ay, cómo nos gustaba Kennedy.
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Autor: tu prima de Triana y olé
Como siempre, un placer leerte.
Fecha: 03/07/2007 00:11.
Autor: Ignacio
Un abrazo desde aquí hasta allá y ya sabes dónde estoy para lo que quieras en horario habitual de consulta, mañanas de 6:00 a 14:00, tardes de 14:00 a 20:00 y noches de 20:00 a 6:00, que anda que no tengo insomnio.
Pase usted sin llamar.
Fecha: 03/07/2007 03:24.
Autor: Marsu
Como siempre, me ha gustado mucho, y olé.
Fecha: 03/07/2007 11:37.
Autor: Pina
Besitos
Fecha: 03/07/2007 16:59.
Autor: Ignacio
Buena chica.
Dame la patita.
Tráeme el palo.
Sit.
Sit!
A echar.
Bravo.
Toma galletita.
Ahora en serio: muchísimas gracias por estar siempre ahí. Te vas a llevar el bosforillo de oro cuando inaugure certamen. Un abrazo.
Fecha: 03/07/2007 23:06.
Autor: Marsu
Zapatero a tus zapatos, que dicen por ahí. Pues yo a mis bichos (sí, la lectora fiel y leal no ladra, pero igual que tus pacientes, si les pica, se quejan, los míos gruñen; será por cercanía que he acabado con un chip como ellos). Lo siento, pero sé de una que aunque lea, ya no puntuará en el contador. Y como avisé, no soy traidora.
Fecha: 03/07/2007 23:26.
Autor: Ignacio
Si alguna de estas premisas es cierta, acepta todas mis disculpas y ladridos quejumbrosos. Es una maravilla tenerte siempre ahí, y una muestra de soberbia educación dejar constancia.
Guau.
Fecha: 04/07/2007 07:26.