Mandáte mudar, boludo (I)

Ignacio Jáuregui
Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004
Lo principal era controlar la taquicardia, esas palpitaciones tercas que rebotaban del precordio a la garganta, y en ello me concentré, mirándome las puntas raídas de los calcetines. El calabozo era gris, gris el techo y el suelo y las paredes, de un gris liso y sin interrupciones, como el interior de una caja de cerillas, excepto por la mirilla cuadrangular en la puerta de metal blindada. Y yo estaba allí solo, descalzo –le hacen a uno despojarse de los zapatos y de todo lo que lleva en los bolsillos antes de encerrarlo-, sin más entretenimiento que contarme los latidos por minuto, rumiar mi enfado y distraerme con las pequeñas pintadas en la pared junto al portón, que decían cosas en holandés, vocablos desconocidos con dobles oes y jotas, probables tacos que no podía descifrar pero que seguro compartía.
Admitámoslo: Estaba allí detenido, sin dinero, sin cartera, con un hambre de lobo, sin duchar, oliendo a rayos y enamorado como un lerdo.
Las pisadas de bota acercándose por el pasillo volvieron a mezclarse con mis palpitaciones. Se descorrió un cerrojo, dos. Se abrió el portón, y allí estaba otra vez aquel gorila rubio.
—You. Out.
Su inglés era escueto, escaso, feo, mal pronunciado. Me lo quedé mirando, midiendo las distancias, notando ya el alivio en la certeza de que la violencia física estaba descartada, a pesar de ese aspecto de homínido nazi que había conseguido aterrarme a mi llegada a la comisaría.
—You follow me.
Quería que le siguiera, eso era todo. Bueno. Bien. Iba a explicarles que yo era médico y todo eso, un tipo respetable, y que la tentativa de delito menor que acababa de cometer se debía a una situación de pobreza momentánea de la que no era responsable, y a una costumbre hispana de supervivencia con antecedentes literarios desde el Siglo de Oro.
El jefe local de Policía tenía, sin embargo, muy poco conocimiento del Lazarillo o el Buscón, y dada mi falta de documentación, su perfecto derecho a no creerme. Me puso en las narices una declaración escrita en un inglés lamentable en la que yo me reconocía autor de robo sin atenuantes literarios, y me informó sin más de que estaba condenado a una multa de cien florines.
—A hundred guilders —le hice repetir. Todo eran dificultades, realmente. No tenía cien florines. No tenía nada, y ese era el problema inicial por el que me encontraba allí.
Sucedió hace ya tanto. Estaba en Amsterdam, Holanda, y las cosas me iban mal, muy mal.
(Continuará)
