Mandáte mudar, boludo (II)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

¿Cómo habían podido fallarme tantos cálculos desde mi butaca? ¿Cómo pueden convertirse unos planes de vacaciones perfectos en aquel desastre? Para empezar: ¿Cómo podía haber sospechado yo la existencia de Gina?

Gina tenía por aquel entonces veintiocho años, calculo, y unos padres en Buenos Aires y una abuela en Catamarca, así que decía continuamente cosas como pollera y sobretodo y cielorraso y vos sabés y vos tenés. Tenía también un par de ojos azules y un bustier de fantasía como para volverlo a uno loco. Cuando el día anterior, recién llegado a Amsterdam, la había encontrado en aquel bar, yo no era todavía un miserable ratero multado por la ley, sino sólo un médico soltero y feliz, un tipo normal de vacaciones en busca de paz y de paseos solitarios por los canales.

No sé qué me hizo entrar en aquel café del Jordaan. El cálido ambiente ocre del interior, la sed de una cerveza Amstel degustada despacio mientras repasaba mis notas de viaje en la intimidad, el chaparrón estival que caía sobre Amsterdam. Qué sé yo. Entré en aquel café. Primer error de cálculo.

Entré, y al verla allí en la barra, alegre, radiante, hermosísima, leyendo El País con tanto interés, me llegaron al alma su naricilla roma, los susodichos ojos de tono añil oscuro y ese acento argentino tan Cortázar cuando hablaba con el camarero –español, el camarero, cómo no, gallego de Cangas de Morrazo–. Entonces no sabía que era psicóloga. En realidad no lo parecía. Ya saben a qué me refiero; conocerán psicólogos. Hablan bastante y tal. Gina no. 

De acuerdo, suena estúpido, lo confieso. Me enamoré perdidamente a primera vista. Segundo error de cálculo.

Porque el asunto es que Gina no estaba sola, claro. Ninguna chica como Gina está sola nunca en ningún sitio del mundo.

Apenas entré en aquel bar, ya la rodeaban tres tipos con ese aire que a uno le resulta familiar cuando recuerda las portadas de los álbumes de ACDC, Kiss o Motorhead. Tres tipos enormes y de aspecto alarmante. Los tres la agobiaban medio en broma, la empujaban sin gracia, y ella hacía como que no quería darse cuenta y se enfrascaba más y más en el periódico con cada empujón, con cada piropo obsceno en holandés.

“Dulcinea”, pensé, y me acerqué al grupo con las manos en los bolsillos y la cara que solía poner Dana Andrews ante los gángsters en las películas de Fritz Lang.

—Por fin te encuentro —dije, abriéndome paso entre los gigantes y colándome justo al lado de Gina en la barra. De cerca, Gina olía a Carolina Herrera. Me miró muda y con ojos de plato, y yo seguí hablándole en español con el acento más pijo y tranquilizador que supe, rodeándole la espalda con el brazo—. ¿Y bien? ¿Conocemos a estos señores?

—No sé si vos los conocés —Gina abrió más todavía sus ojos de plato de porcelana azul de Worcester y arrugó su naricilla roma mirándose casual el bustier de flores—, pero yo es la primera vez que los veo en mi vida.  Patoteros de acá, pelotudos con ganas de quilombo. No sé quién sos, pero sos providencial, che.

El más alto de los tres, un oso rubio con los bigotes apuntillados de espuma de cerveza, me miraba desde lo alto con la boca abierta, secándose con parsimonia las manos tatuadas en la chupa de cuero negro cruzado de cremalleras, mientras sus dos comparsas se reían como lerdos. Me dijo algo en holandés, que por supuesto no entendí, mientras los dos subnormales se reían más. Yo no había hecho nada todavía, pero me di cuenta en seguida de estar metiéndome en un follón irreversible. El tipo me dio un pequeño empujón que me derribó en el suelo tres metros más allá del grupo. Gina gritó. Me levanté disimulando todo lo posible el pánico, sacudiéndome, elegante, la ropa, e intenté el paso siguiente y obligado, es decir, un directo a la mandíbula apoyado en la sorpresa. Tercer error de cálculo.

Recibí más tortas que una estera. Me hicieron beber a la fuerza unos tres litros de cerveza con ginebra. Se divirtieron conmigo, vaya.

Así es que cuando me desperté semienterrado en un cubo de basura en un callejón cercano a la plaza Dam me dolía todo el cuerpo y tenía una resaca mortal, además de no tener cartera ni documentación ni una mala moneda con que llamar por teléfono. Me habían robado todo, obviamente. Mi dinero, mis tarjetas de crédito, mis llaves, mi orgullo, mi colmillo inferior izquierdo. Y por supuesto a Gina, que no parecía estar por ninguna parte.

Ah, qué ansias de venganza por encima de todo otro padecimiento. Qué no hubiera dado entonces por tener a mano uno de mis bisturíes Becton-Dickinson para recuperar mi dinero y mi documentación a golpe de arma blanca. Empecé la búsqueda de mis agresores calle por calle y antro por antro. Recorrí los canales, febril, preguntando a transeúntes y turistas, camareros y camellos, joyeros y vendedores de sex-shops, policías y lumias del Barrio Rojo. Volví de nuevo al oscuro café de mis desdichas e incluso creí reconocer las pringosas chupas de cuero negro aún colgadas en el perchero de la entrada, pero al acercarme a los cuartos de baño con la torpe intención de reencontrar a aquellos majaderos e intentar la revancha a puñetazos, todo lo que pude encontrar fue lo que me pareció un trozo de la Holanda más rural en el centro de Amsterdam: un triste patio trasero al otro lado de la ventana del baño con tres cerdos desganados revolviendo en el contenedor de la basura.

Necesitaba reconocer a mis agresores, al menos para cursar mi denuncia. Pero el hambre empezó a apretarme desde primera hora de la mañana, obligándome a tomar prestados una barra de pan y una lata de jamón cocido a cuenta de un supermercado cercano al parque Vondel.

Cuarto error de cálculo. Fui esposado a la puerta del supermercado y conducido a la comisaría más cercana. Y allí estaba.

—A hundred guilders —repetía el comisario, y yo le repetía que no tenía cien florines, coño. Pero cuando por fin uno de aquellos guardias me abrió la puerta de la calle empujándome a salir sin más contemplaciones, intuí todo resuelto. Allí, en la puerta de la comisaría, cabizbaja, sonriente, estaba Gina.

—¿Tú… tú has pagado la multa?

—Quién si no, sonso. Te debía el favor. Vos sos mi héroe, después de todo.

Fue entonces cuando descubrí que Gina era psicóloga. Ya he dicho que no lo parecía en realidad. Estoy seguro de que saben a qué me refiero. No se subía a peanas científico-culturales intentando tomar un ascendente sobre uno. Pero lo era. Quizá por eso supo en seguida sondear mi estado de ánimo.

—Vaya bronca que tenés, la pucha.

Era aguda. Y era linda, como dicen allá en la Argentina. Y parecía tan buena, siempre tan rodeada de animales, rondada por gatos y perros, sobrevolada por mirlos y palomas, cual femenina versión rioplatense de San Francisco de Asís. Así es que apenas una semana después de este encuentro me casé con ella.

Quinto error de cálculo. Porque sólo a mí se me ocurre casarme con una psicóloga argentina.

Déjenme contarles a qué me refiero...

(Continuará)

Lunes, 14 de Abril de 2008 07:13.

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gravatar.comAutor: Marsu

Me ha encantado esa foto.
Y también imaginarme al tipo hecho un asco, sin un colmillo, y empuñando un bisturí. Preciosa y vigorizante estampa.

Fecha: 16/04/2008 13:59.


gravatar.comAutor: Ignacio

Mil gracias, Marsu. Eres un encanto, siempre ahí. No sé si me lee alguien además de algunos de mis hermanos y sobrinos, pero tú dejas siempre constancia, y no sabes cómo se agradece.
La foto es de una serie miope de Amsterdam que tengo, de hace unos cuantos años. La cámara, una Sony digital de primera generación, tenía un defecto de lente. El color está virado y forzado con un Microsoft Picture-It. Un abrazo.

Fecha: 16/04/2008 15:44.


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