Mandáte mudar, boludo (III)

Ignacio Jáuregui Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004
En primer lugar, yo nunca había pensado seriamente en casarme, y si lo hubiese hecho, me habría gustado invitar a mi familia y a todos mis amigos, o si me apuran, incluso haber volado hasta Buenos Aires a conocer a mi familia política y perpetrar allí una emotiva ceremonia nupcial de sabor porteño, con bandoneón y todo. Pero no. Nos casamos de vuelta hacia España, tras cruzar unas pocos cientos de kilómetros de autopistas a través de Bélgica y de la Picardía, por entre verdes moquetas herbáceas moteadas de rebaños de vacas frisonas con olor a pastos y a mierda sana. La idea fue suya, repentina: Gina era así; yo era más joven. Nos casamos en París, dónde si no, en una capillita vacía de Saint-Germain-des-Prés, de forma urgente y sin invitados ni testigos –nunca se vio boda más triste, a pesar de todas aquellas palomas revoloteando dentro de la capilla- y, tras una cena íntima en una brasserie del Barrio Latino de cuyo nombre no quiero acordarme y cuyo antipático camarero, ay, desapareció tras el primer plato, consumamos con urgencia nuestro matrimonio en un hotel de tres estrellas cercano a los jardines de Luxemburgo, en un encuentro tan latino como el barrio que pisábamos, ya saben, Rayuela: Horacio Oliveira y la Maga haciendo retumbar a ritmo de jazz todo el hotelito de la rue Vaugirard desde los sótanos a las mansardas. Cómo podía yo haber sospechado. Nunca encontré nada raro en su título en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tampoco en su afición a esos libros de bolsillo que venden en los departamentos de Crecimiento Personal de las librerías. Y en principio tampoco encontré nada extraordinario en sus inclinaciones esporádicas a la parapsicología, a los horóscopos chinos y no chinos, a las cartas astrales, al tarot y la quiromancia, y a cuanta ociosidad esotérica se nos cruzara desde una librería, desde un escaparate, desde una emisora o un programa de televisión. —Qué querés, boludo. Soy bruja, viste. Ah, qué tiempos. Nos instalamos en Madrid, en aquel Madrid de los años ochenta, donde la llevaba a tomar cañas heladas en la Cruz Blanca o la Dolores y la besaba a sorbos en lóbregos cafés y tascas de Lavapiés o de Malasaña por entre las bajadas de tabernas y adoquines y de mierda de perro en cada esquina, donde aguantábamos el limosneo callejero de presuntos poetas angoleños o manchegos y perseguíamos por el Retiro a las ardillas de importación, donde nos abrazábamos en las Vistillas o en el templo del Debod y yo contemplaba sus ojos azul Mahón y su naricilla roma y su bustier de fantasía y allá al fondo la casa de Campo como si se tratara del mismo Masai Mara, donde de tarde en tarde descubríamos a un nuevo saxofonista en el Central, en Clamores o en un pasillo del metro de Antón Martín, o escuchábamos -qué tiempos- a Jaime Marques en el Whisky Jazz de Diego de León, o pateábamos la plaza de Oriente y la vadeábamos apartando las palomas (por Dios, cuántas palomas) hasta perdernos en una mesa del fondo de ese restaurante de La Latina que sólo Gina y yo sabíamos. Bueno. Bien. Aceptémoslo. Sí hubo cosas muy extrañas desde el principio de nuestro matrimonio, pero entonces era joven y me faltaba experiencia para sopesar los hechos, o quizá me faltaba la voluntad de hacer frente a una realidad que producía vértigo. Porque no era tan joven como para no darme cuenta de que nunca tuvimos grandes problemas o grandes enemigos. Es decir, sí teníamos contratiempos, claro, como todo el mundo, pero ocurre que simplemente no duraban. Desaparecían. (Continuará)
Comentarios > Ir a formulario
Autor: Kepa Santisteban J.
Fecha: 16/04/2008 09:34.
Autor: Marsu
Fecha: 16/04/2008 14:01.
Autor: Ignacio
Fecha: 16/04/2008 15:47.
