Mandáte mudar, boludo (y IV)

Al principio las desapariciones fueron muy de ciento en viento, tanto que me costó relacionar unas con otras. Después se hicieron mucho más seguidas y más evidentes. Apenas seis meses después de nuestra boda, habían desparecido su jefa, mi jefe, nuestra casera y casi todos nuestros acreedores, banqueros incluídos, y un vecino que se creía Miles Davis y tocaba horriblemente la trompeta. Poco a poco me fui dando cuenta de que todo lo que nos resultaba molesto o apremiante, desaparecía. Pronto empezaron también a desaparecer los agentes municipales que nos ponían multas, los vendedores en la puerta, las encuestadoras telefónicas, las visitas a destiempo, el famoso presentador de aquel programa-basura, y ese político de pelo ralo que defendía la legitimidad de no sé qué guerra o guerrilla.
Fue entonces cuando empecé a relacionar estas desapariciones entre sí, mucho antes de que la policía judicial juntara todas las pistas que llevaban inevitablemente a casa.
Hasta aquel día en que me la quedé mirando, fijamente, allí en la cocina, interrogándola en silencio mientras Gina trataba de hacer una mayonesa con la Minipimer. Ella me contestó a la mirada sabiéndose descubierta, impasible, sin levantar la vista de la emulsión.
—Mirá, la energía ni se crea ni se destruye; se transforma nomás. Sólo hay que darla un empujoncito, viste, como a esta mayonesa. Aplicás la batidora al aceite con huevo, vinagre y sal y zas, los mandás mudar. Energía transformada.
Me lo decía tan claro, envolviéndome con sus efluvios de cara colonia neoyorkina, traspasándome con aquellos ojos índigo, y yo no la entendía.
Sólo ahora, cuando recorro los tejados del centro de Madrid desde Atocha hasta la plaza Santa Ana y desde la Puerta del Sol a la Red de San Luis, hollando las tejas de barro cocido con cautela, saltando de casa en casa con cuidado de no enredarme el rabo en algún canalón, sólo ahora me doy cuenta de que nunca debí exigirle explicaciones a Gina, y mucho menos amenazar con abandonarla.
Energía transformada. Como antes otros fueron cerdos, cabras, ardillas o palomas, o como lo son ahora estas ratas de cloaca que persigo, hasta hace bien poco trabajadores más o menos honrados o personalidades públicas de nombre ilustre. Hasta que de uno u otro modo, sea en la calle, en el portal o en la escalera, en el trabajo, en la cola del supermercado, en el periódico, en la radio o en la televisión, contrariaron a Gina y la hicieron enfadar.
Sólo ella es capaz de deshacer esta venganza, de volver a transformar la energía y remodelar mi materia. Por eso la seguiré buscando por los tejados hasta que vuelva a encontrarla, y por eso sigo maullando sin fin en la noche de Madrid.
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Autor: Marsu
Se me ha hecho muy cortito esta vez. El caso es quejarse, ¿verdad? Cuando se alarga, por la tensión de la espera; cuando es corto, porque se acaba y sabe a poco.
Bueno, sea como sea, y eso sí, como siempre, me ha gustado mucho.
Fecha: 16/04/2008 21:27.
Autor: Ignacio
Gracias otra vez, Marsu. No, ningún problema con Miles Davis. Sólo con los vecinos que se CREEN Miles Davis. Y todavía es peor si se creen Tete Montoliù.
Fecha: 16/04/2008 23:40.
Autor: Pina Jaraquemada
Espero que la tal Gina no esté cerca porque me veo recorriendo tejados yo también.
Y qué bien que vengas pronto por aquí. Si tienes un rato echaremos una cervecilla con tapa, o las que se tercien.
Besos
Fecha: 17/04/2008 23:49.
Autor: Laura
Como siempre, me ha encantado.
Fecha: 18/04/2008 07:53.
Autor: ana
Fecha: 27/04/2008 13:49.
