Cleptomanía

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© Ignacio Jáuregui, 2008

Hassan levantó la vista del abrillantador automático de suelos y los ojos acuosos se pararon en el maletín negro de cuero, con las letras doradas impresas de Aviación Civil.

 

Los aeropuertos y su toque de distinción, pensó Hassan. Los aviones entraban y salían ahí, en frente de la cristalera de la cafetería, pero aunque la proximidad permitiese distinguir hasta la cara de los pilotos en cabina, el estruendo era inaudible por el doble cristal y la insonorización del aeropuerto. Los pilotos recién desembarcados con su valijas, las azafatas y sus uniformes, ese aire tan Loewe años sesenta, esas medias oscuras y pañuelo al cuello que apenas dejaban vislumbrar las varices, el cansancio, el trajín de los embarques, las horas de vuelo. Todo el mundo tan guapo, Hassan. Todo tan elegante.

 

Empezó en cafetines y en grandes almacenes, allá donde lo contrataban las empresas de limpieza. Empezó robando bobadas, mecheros, carteritas, encantado de marcharse con una cassette virgen o alguna otra baratija en el bolsillo sin pasar por caja. Lo pillaron por primera vez en El Corte Inglés de Cornellà, qué vergüenza, Hassan, trágame tierra; le hicieron pagar aquel llavero tan feo y tuvo la primera amonestación seria. Después fue cambiando de empresa y de sitio, hasta llegar aquí, al aeropuerto del Prat, con sus tiendas duty-free y sus infinitas posibilidades de pequeños robos, cada vez más valiosos por difíciles, más complicados. Qué destreza, Hassan, qué tino, qué elegancia: Al principio llaveros, corbatas, ceniceros, postales, pequeños souvenirs que le llenaban de emoción y vértigo feliz en el momento de agenciárselos. Más adelante relojes, anillos, alguna pulserita de brillantes que le proporcionaron esa otra sensación inédita de que su nómina real no era tan parca como la pintaban los extractos implacables de la Caja. Qué discreción, Hassan. Tanto tiempo ya en el aeropuerto, y nadie, nadie había sospechado nunca de él.

 

Y cada día, cada hora, el más difícil todavía. No tan difícil, en realidad: Todo se limpiaba en el aeropuerto, también la estancia más cara, la más escondida, la de la sala VIP exclusiva para los usuarios de One World, y el área más exclusiva aún dentro de ella, reservada sólo a las tripulaciones.

 

Hassan se fascinó con el maletín negro de cuero con letras doradas. El mito del maletín de los pilotos: una especie de valija diplomática. Ellos no pasaban ningún control, y sus maletines podían contener cualquier cosa. Notó acercarse la tentación, la compulsión más terca, y se remansó en ella. El maletín en el suelo. Los dos comandantes ahí de pie, terminándose sus cocacolas. El golf ya no es lo que era, Willy. Y que lo digas, Jacobo;  ya nada es lo que era.

 

―¿Me pirmiten un momento que pase el suelo?

 

Siempre era igual. Nadie llegaba a mirarle, la gente se apartaba un poco sin devolverle la mirada líquida, sin apenas echarle un vistazo a él, al moro de la limpieza con su carro de escobones y su máquina abrillantadora. La cosa era perfecta; era invisible.

 

Si quieres esconder algo, ya sabes: colócalo en el escaparate. Era atrevido, pero decidió cruzar la sala y el enorme pasillo de la terminal con el maletín posado tranquilamente en el carro de limpieza, junto a la bolsa de basura que colgaba medio llena de su asa. Y en seguida llegó al pasillo de los aseos, y de espaldas a las puertas, metió tranquilamente el maletín en la bolsa de basura, y siguió su camino silbando aquello de ahora es dimassiado tarde, prinsesa.

 

 ―¡Hassan!

 

Se volvió con los párpados entornados.

 

―A ver, Hassan, coño, que son las tantas. No te pases el turno paseando, cullons. Y cambia ahora mismo esa bolsa de basura…

 

―No, no.

 

Emoción, Hassan. Era parte del juego.

 

―¿Cómo que no? No te pases de listo, tú. No te jode…

 

El Dios Supremo tiró de la bolsa de basura casi llena y la cerró distraídamente haciendo un nudo con los extremos de plástico. Hassan parpadeó muy despacio.

 

―Deje, jefe. Yo mi ocupo.

 

―Venga, ya está, Hassan. Anda, pon una bolsa nueva, que no es tan difícil. Ya retiro yo ésta.

 

―De ninguna manira. Traiga.

 

El sudor le resbaló por la frente hasta gotear en su buzo de trabajo. Asía con fuerza la bolsa de plástico amarillo, justo por debajo de donde Su Graciosa Majestad la tenía también agarrada. Los ojos entornados, apáticos. La mirada líquida. Frío, Hassan. Frío como el hielo.

 

―Bueno. Como quieras. Pero llévatela ya, y espabila, cullons. Deja de pasearte por la terminal. Cualquier día de éstos me va a dar por empezar a hacer recortes, leche.

 

Leche, coño, cullons, joder, espabila, moro, recortes. Vocabulario.

 

Si no te gusta, Hassan, te vuelves a tu país.

 

El espacio común de los lavabos de caballeros de esa zona de la terminal  estaba desierto. Deshizo rápidamente el nudo de la bolsa de basura y sacó el maletín de cuero. Comprobó el cierre: cerradura de seguridad con combinación de tres dígitos.

 

Un solo retrete ocupado. Paciencia, Hassan. Se puso a limpiar el espejo con una bayeta, despacio, concienzudamente, la vista panorámica sobre las puertas de los lavabos, hasta que se oyó el ruido de una cisterna y casi al mismo tiempo vio abrirse una de las puertas. Ahora o nunca, Hassan.

 

―Eh, oye. Eh, tú.

 

Se volvió.

 

―Eh, que aquí no hay jabón.

―¿No?

―¿No lo ves, o qué?

 

Tuteo al moro. Caspa. Mala hostia. Pasajeros del Prat. Colocó en silencio el jabón líquido en su porta en la pared y esperó a que el Hijo de la Gran Puta acabara de lavarse y se largara, fantaseando vagamente con un lento degüello, antes de plantar el caballete de plástico amarillo en la puerta y clausurar los lavabos temporalmente por limpieza.

 

Dentro de uno de los retretes, volvió a sacar de su bolsa el maletín de cuero, calibró el peso, lo agitó un poco, palpó sus contornos, y se enfrascó con la combinación. Iba a ser imposible adivinarla, así que hizo saltar el cierre a golpes contra la pared, abrió el maletín y se quedó mirando el interior.

 

Algo blanco, grande, curvo.

 

Papel, Hassan. Papel higiénico de Aena.

 

Vació el contenido de la valija, y se aseguró de que el maletín no contara con ningún bolsillo oculto o doble fondo. El botín se desparramó por el suelo engomado del baño.

 

Seis bolsas de cacahuetes pelados de la compañía de catering. Un muñeco de Hello Kitty. Un llavero del Real Madrid. Un cenicero de Ricard. Un mando a distancia. Una toalla del Hotel Sheraton de Bilbao.

 

Masticó más y más cacahuetes tratando de pensar, hasta que resultó imposible mantener la sonrisa con la boca llena.

 

Miércoles, 23 de Abril de 2008 17:36.

Comentarios > Ir a formulario

gravatar.comAutor: Pina

Muchas felicidades por ese año. Y no sé qué decirte del cuento, sólo que me parece que cada día escribes mejor. Debería corroerme la envidia, pero no, sólo me alegro y disfruto de tus escritos, menos mal.
Un beso

Fecha: 24/04/2008 15:49.


gravatar.comAutor: Ignacio

Pues un millón de gracias.

Fecha: 24/04/2008 22:11.


gravatar.comAutor: Marsu

Dios los cría, y ellos se juntan...

Mi ha gustado muchio, grasias mil.

Fecha: 24/04/2008 22:21.


gravatar.comAutor: Iggnassio

Mi alegro que ti gusta, Marssu. Grasias a tí. Tú buena.

Fecha: 24/04/2008 22:50.


gravatar.comAutor: Carmen

Estoy de acuerdo con Pina, Ignacio. Este cuento me ha parecido maravilloso: perfectamente narrado y lleno de humor.
Enhorabuena.

Fecha: 29/04/2008 14:46.


gravatar.comAutor: Ignacio

Muchísimas gracias, Carmen.
Ejem... ¿no tendrás una editorial, quizá?

Fecha: 30/04/2008 18:16.


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