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Resumen

08/04/2008

Patos y foie-gras

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Interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie-gras.
(Margaret Atwood)

Leído en el blog de José Luis Muñoz

Martes, 08 de Abril de 2008 22:23. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Confieso que he leído Hay 1 comentario.

09/04/2008

Tal como éramos

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Resulta conmovedor ver a James Taylor y Carly Simon, los dos hechos unos críos, ella embarazada, creo; él, con pelo y todo, bigotillo chicano y un talento impresionante... Y cantando una de sus mejores canciones de amor.  El sol se pone, la luna sale, el mundo sigue girando, alguien todavía te quiere...

Miércoles, 09 de Abril de 2008 17:34. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Banda sonora Hay 6 comentarios.

12/04/2008

Mandáte mudar, boludo (I)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

Lo principal era controlar la taquicardia, esas palpitaciones tercas que rebotaban del precordio a la garganta, y en ello me concentré, mirándome las puntas raídas de los calcetines. El calabozo era gris, gris el techo y el suelo y las paredes, de un gris liso y sin interrupciones, como el interior de una caja de cerillas, excepto por la mirilla cuadrangular en la puerta de metal blindada. Y yo estaba allí solo, descalzo –le hacen a uno despojarse de los zapatos y de todo lo que lleva en los bolsillos antes de encerrarlo-, sin más entretenimiento que contarme los latidos por minuto, rumiar mi enfado y distraerme con las pequeñas pintadas en la pared junto al portón, que decían cosas en holandés, vocablos desconocidos con dobles oes y jotas, probables tacos que no podía descifrar pero que seguro compartía.

 

Admitámoslo: Estaba allí detenido, sin dinero, sin cartera, con un hambre de lobo, sin duchar, oliendo a rayos y enamorado como un lerdo.

 

Las pisadas de bota acercándose por el pasillo volvieron a mezclarse con mis palpitaciones. Se descorrió un cerrojo, dos. Se abrió el portón, y allí estaba otra vez aquel gorila rubio.

 

—You. Out.

 

Su inglés era escueto, escaso, feo, mal pronunciado. Me lo quedé mirando, midiendo las distancias, notando ya el alivio en la certeza de que la violencia física estaba descartada, a pesar de ese aspecto de homínido nazi que había conseguido aterrarme a mi llegada a la comisaría.

 

—You follow me.

 

Quería que le siguiera, eso era todo. Bueno. Bien. Iba a explicarles que yo era médico y todo eso, un tipo respetable, y que la tentativa de delito menor que acababa de cometer se debía a una situación de pobreza momentánea de la que no era responsable, y a una costumbre hispana de supervivencia con antecedentes literarios desde el Siglo de Oro.

 

El jefe local de Policía tenía, sin embargo, muy poco conocimiento del Lazarillo o el Buscón, y dada mi falta de documentación, su perfecto derecho a no creerme. Me puso en las narices una declaración escrita en un inglés lamentable en la que yo me reconocía autor de robo sin atenuantes literarios, y me informó sin más de que estaba condenado a una multa de cien florines.

 

—A hundred guilders —le hice repetir. Todo eran dificultades, realmente. No tenía cien florines. No tenía nada, y ese era el problema inicial por el que me encontraba allí.

 

Sucedió hace ya tanto. Estaba en Amsterdam, Holanda, y las cosas me iban mal, muy mal.

(Continuará)

Sábado, 12 de Abril de 2008 09:45. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 1 comentario.

14/04/2008

Mandáte mudar, boludo (II)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

¿Cómo habían podido fallarme tantos cálculos desde mi butaca? ¿Cómo pueden convertirse unos planes de vacaciones perfectos en aquel desastre? Para empezar: ¿Cómo podía haber sospechado yo la existencia de Gina?

Gina tenía por aquel entonces veintiocho años, calculo, y unos padres en Buenos Aires y una abuela en Catamarca, así que decía continuamente cosas como pollera y sobretodo y cielorraso y vos sabés y vos tenés. Tenía también un par de ojos azules y un bustier de fantasía como para volverlo a uno loco. Cuando el día anterior, recién llegado a Amsterdam, la había encontrado en aquel bar, yo no era todavía un miserable ratero multado por la ley, sino sólo un médico soltero y feliz, un tipo normal de vacaciones en busca de paz y de paseos solitarios por los canales.

No sé qué me hizo entrar en aquel café del Jordaan. El cálido ambiente ocre del interior, la sed de una cerveza Amstel degustada despacio mientras repasaba mis notas de viaje en la intimidad, el chaparrón estival que caía sobre Amsterdam. Qué sé yo. Entré en aquel café. Primer error de cálculo.

Entré, y al verla allí en la barra, alegre, radiante, hermosísima, leyendo El País con tanto interés, me llegaron al alma su naricilla roma, los susodichos ojos de tono añil oscuro y ese acento argentino tan Cortázar cuando hablaba con el camarero –español, el camarero, cómo no, gallego de Cangas de Morrazo–. Entonces no sabía que era psicóloga. En realidad no lo parecía. Ya saben a qué me refiero; conocerán psicólogos. Hablan bastante y tal. Gina no. 

De acuerdo, suena estúpido, lo confieso. Me enamoré perdidamente a primera vista. Segundo error de cálculo.

Porque el asunto es que Gina no estaba sola, claro. Ninguna chica como Gina está sola nunca en ningún sitio del mundo.

Apenas entré en aquel bar, ya la rodeaban tres tipos con ese aire que a uno le resulta familiar cuando recuerda las portadas de los álbumes de ACDC, Kiss o Motorhead. Tres tipos enormes y de aspecto alarmante. Los tres la agobiaban medio en broma, la empujaban sin gracia, y ella hacía como que no quería darse cuenta y se enfrascaba más y más en el periódico con cada empujón, con cada piropo obsceno en holandés.

“Dulcinea”, pensé, y me acerqué al grupo con las manos en los bolsillos y la cara que solía poner Dana Andrews ante los gángsters en las películas de Fritz Lang.

—Por fin te encuentro —dije, abriéndome paso entre los gigantes y colándome justo al lado de Gina en la barra. De cerca, Gina olía a Carolina Herrera. Me miró muda y con ojos de plato, y yo seguí hablándole en español con el acento más pijo y tranquilizador que supe, rodeándole la espalda con el brazo—. ¿Y bien? ¿Conocemos a estos señores?

—No sé si vos los conocés —Gina abrió más todavía sus ojos de plato de porcelana azul de Worcester y arrugó su naricilla roma mirándose casual el bustier de flores—, pero yo es la primera vez que los veo en mi vida.  Patoteros de acá, pelotudos con ganas de quilombo. No sé quién sos, pero sos providencial, che.

El más alto de los tres, un oso rubio con los bigotes apuntillados de espuma de cerveza, me miraba desde lo alto con la boca abierta, secándose con parsimonia las manos tatuadas en la chupa de cuero negro cruzado de cremalleras, mientras sus dos comparsas se reían como lerdos. Me dijo algo en holandés, que por supuesto no entendí, mientras los dos subnormales se reían más. Yo no había hecho nada todavía, pero me di cuenta en seguida de estar metiéndome en un follón irreversible. El tipo me dio un pequeño empujón que me derribó en el suelo tres metros más allá del grupo. Gina gritó. Me levanté disimulando todo lo posible el pánico, sacudiéndome, elegante, la ropa, e intenté el paso siguiente y obligado, es decir, un directo a la mandíbula apoyado en la sorpresa. Tercer error de cálculo.

Recibí más tortas que una estera. Me hicieron beber a la fuerza unos tres litros de cerveza con ginebra. Se divirtieron conmigo, vaya.

Así es que cuando me desperté semienterrado en un cubo de basura en un callejón cercano a la plaza Dam me dolía todo el cuerpo y tenía una resaca mortal, además de no tener cartera ni documentación ni una mala moneda con que llamar por teléfono. Me habían robado todo, obviamente. Mi dinero, mis tarjetas de crédito, mis llaves, mi orgullo, mi colmillo inferior izquierdo. Y por supuesto a Gina, que no parecía estar por ninguna parte.

Ah, qué ansias de venganza por encima de todo otro padecimiento. Qué no hubiera dado entonces por tener a mano uno de mis bisturíes Becton-Dickinson para recuperar mi dinero y mi documentación a golpe de arma blanca. Empecé la búsqueda de mis agresores calle por calle y antro por antro. Recorrí los canales, febril, preguntando a transeúntes y turistas, camareros y camellos, joyeros y vendedores de sex-shops, policías y lumias del Barrio Rojo. Volví de nuevo al oscuro café de mis desdichas e incluso creí reconocer las pringosas chupas de cuero negro aún colgadas en el perchero de la entrada, pero al acercarme a los cuartos de baño con la torpe intención de reencontrar a aquellos majaderos e intentar la revancha a puñetazos, todo lo que pude encontrar fue lo que me pareció un trozo de la Holanda más rural en el centro de Amsterdam: un triste patio trasero al otro lado de la ventana del baño con tres cerdos desganados revolviendo en el contenedor de la basura.

Necesitaba reconocer a mis agresores, al menos para cursar mi denuncia. Pero el hambre empezó a apretarme desde primera hora de la mañana, obligándome a tomar prestados una barra de pan y una lata de jamón cocido a cuenta de un supermercado cercano al parque Vondel.

Cuarto error de cálculo. Fui esposado a la puerta del supermercado y conducido a la comisaría más cercana. Y allí estaba.

—A hundred guilders —repetía el comisario, y yo le repetía que no tenía cien florines, coño. Pero cuando por fin uno de aquellos guardias me abrió la puerta de la calle empujándome a salir sin más contemplaciones, intuí todo resuelto. Allí, en la puerta de la comisaría, cabizbaja, sonriente, estaba Gina.

—¿Tú… tú has pagado la multa?

—Quién si no, sonso. Te debía el favor. Vos sos mi héroe, después de todo.

Fue entonces cuando descubrí que Gina era psicóloga. Ya he dicho que no lo parecía en realidad. Estoy seguro de que saben a qué me refiero. No se subía a peanas científico-culturales intentando tomar un ascendente sobre uno. Pero lo era. Quizá por eso supo en seguida sondear mi estado de ánimo.

—Vaya bronca que tenés, la pucha.

Era aguda. Y era linda, como dicen allá en la Argentina. Y parecía tan buena, siempre tan rodeada de animales, rondada por gatos y perros, sobrevolada por mirlos y palomas, cual femenina versión rioplatense de San Francisco de Asís. Así es que apenas una semana después de este encuentro me casé con ella.

Quinto error de cálculo. Porque sólo a mí se me ocurre casarme con una psicóloga argentina.

Déjenme contarles a qué me refiero...

(Continuará)

Lunes, 14 de Abril de 2008 07:13. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 2 comentarios.

15/04/2008

Mandáte mudar, boludo (III)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

En primer lugar, yo nunca había pensado seriamente en casarme, y si lo hubiese hecho, me habría gustado invitar a mi familia y a todos mis amigos, o si me apuran, incluso haber volado hasta Buenos Aires a conocer a mi familia política y perpetrar allí una emotiva ceremonia nupcial de sabor porteño, con bandoneón y todo. Pero no.

 

Nos casamos de vuelta hacia España, tras cruzar unas pocos cientos de kilómetros de autopistas a través de Bélgica y de la Picardía, por entre verdes moquetas herbáceas moteadas de rebaños de vacas frisonas con olor a pastos y a mierda sana. La idea fue suya, repentina: Gina era así; yo era más joven. Nos casamos en París, dónde si no, en una capillita vacía de Saint-Germain-des-Prés, de forma urgente y sin invitados ni testigos –nunca se vio boda más triste, a pesar de todas aquellas palomas revoloteando dentro de la capilla- y, tras una cena íntima en una brasserie del Barrio Latino de cuyo nombre no quiero acordarme y cuyo antipático camarero, ay, desapareció tras el primer plato, consumamos con urgencia nuestro matrimonio en un hotel de tres estrellas cercano a los jardines de Luxemburgo, en un encuentro tan latino como el barrio que pisábamos, ya saben, Rayuela: Horacio Oliveira y la Maga haciendo retumbar a ritmo de jazz todo el hotelito de la rue Vaugirard desde los sótanos a las mansardas.

 

Cómo podía yo haber sospechado. Nunca encontré nada raro en su título en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tampoco en su afición a esos libros de bolsillo que venden en los departamentos de Crecimiento Personal de las librerías. Y en principio tampoco encontré nada extraordinario en sus inclinaciones esporádicas a la parapsicología, a los horóscopos chinos y no chinos, a las cartas astrales, al tarot y la quiromancia, y a cuanta ociosidad esotérica se nos cruzara desde una librería, desde un escaparate, desde una emisora o un programa de televisión.

 

—Qué querés, boludo. Soy bruja, viste.

 

Ah, qué tiempos. Nos instalamos en Madrid, en aquel Madrid de los años ochenta, donde la llevaba a tomar cañas heladas en la Cruz Blanca o la Dolores y la besaba a sorbos en lóbregos cafés y tascas de Lavapiés o de Malasaña por entre las bajadas de tabernas y adoquines y de mierda de perro en cada esquina, donde aguantábamos el limosneo callejero de presuntos poetas angoleños o manchegos y perseguíamos por el Retiro a las ardillas de importación, donde nos abrazábamos en las Vistillas o en el templo del Debod y yo contemplaba sus ojos azul Mahón y su naricilla roma y su bustier de fantasía y allá al fondo la casa de Campo como si se tratara del mismo Masai Mara, donde de tarde en tarde descubríamos a un nuevo saxofonista en el Central, en Clamores o en un pasillo del metro de Antón Martín, o escuchábamos -qué tiempos- a Jaime Marques en el Whisky Jazz de Diego de León, o pateábamos la plaza de Oriente y la vadeábamos apartando las palomas (por Dios, cuántas palomas) hasta perdernos en una mesa del fondo de ese restaurante de La Latina que sólo Gina y yo sabíamos.

 

Bueno. Bien. Aceptémoslo. Sí hubo cosas muy extrañas desde el principio de nuestro matrimonio, pero entonces era joven y me faltaba experiencia para sopesar los hechos, o quizá me faltaba la voluntad de hacer frente a una realidad que producía vértigo. Porque no era tan joven como para no darme cuenta de que nunca tuvimos grandes problemas o grandes enemigos.

 

Es decir, sí teníamos contratiempos, claro, como todo el mundo, pero ocurre que simplemente no duraban.

 

Desaparecían.

(Continuará)

Martes, 15 de Abril de 2008 13:37. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 3 comentarios.

16/04/2008

Mandáte mudar, boludo (y IV)

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Al principio las desapariciones fueron muy de ciento en viento, tanto que me costó relacionar unas con otras. Después se hicieron mucho más seguidas y más evidentes. Apenas seis meses después de nuestra boda, habían desparecido su jefa, mi jefe, nuestra casera y casi todos nuestros acreedores, banqueros incluídos, y un vecino que se creía Miles Davis y tocaba horriblemente la trompeta. Poco a poco me fui dando cuenta de que todo lo que nos resultaba molesto o apremiante, desaparecía. Pronto empezaron también a desaparecer los agentes municipales que nos ponían multas, los vendedores en la puerta, las encuestadoras telefónicas, las visitas a destiempo, el famoso presentador de aquel programa-basura, y ese político de pelo ralo que defendía la legitimidad de no sé qué guerra o guerrilla.

 

Fue entonces cuando empecé a relacionar estas desapariciones entre sí, mucho antes de que la policía judicial juntara todas las pistas que llevaban inevitablemente a casa.

 

Hasta aquel día en que me la quedé mirando, fijamente, allí en la cocina, interrogándola en silencio mientras Gina trataba de hacer una mayonesa con la Minipimer. Ella me contestó a la mirada sabiéndose descubierta, impasible, sin levantar la vista de la emulsión.

 

—Mirá, la energía ni se crea ni se destruye; se transforma nomás. Sólo hay que darla un empujoncito, viste, como a esta mayonesa. Aplicás la batidora al aceite con huevo, vinagre y sal y zas, los mandás mudar. Energía transformada.

 

Me lo decía tan claro, envolviéndome con sus efluvios de cara colonia neoyorkina, traspasándome con aquellos ojos índigo, y yo no la entendía.

 

Sólo ahora, cuando recorro los tejados del centro de Madrid desde Atocha hasta la plaza Santa Ana y desde la Puerta del Sol a la Red de San Luis, hollando las tejas de barro cocido con cautela, saltando de casa en casa con cuidado de no enredarme el rabo en algún canalón, sólo ahora me doy cuenta de que nunca debí exigirle explicaciones a Gina, y mucho menos amenazar con abandonarla.

 

Energía transformada. Como antes otros fueron cerdos, cabras, ardillas o palomas, o como lo son ahora estas ratas de cloaca que persigo, hasta hace bien poco trabajadores más o menos honrados o personalidades públicas de nombre ilustre. Hasta que de uno u otro modo, sea en la calle, en el portal o en la escalera, en el trabajo, en la cola del supermercado, en el periódico, en la radio o en la televisión, contrariaron a Gina y la hicieron enfadar.

 

Sólo ella es capaz de deshacer esta venganza, de volver a transformar la energía y remodelar mi materia. Por eso la seguiré buscando por los tejados hasta que vuelva a encontrarla, y por eso sigo maullando sin fin en la noche de Madrid.

 

Miércoles, 16 de Abril de 2008 19:49. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 6 comentarios.

23/04/2008

Cleptomanía

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© Ignacio Jáuregui, 2008

Hassan levantó la vista del abrillantador automático de suelos y los ojos acuosos se pararon en el maletín negro de cuero, con las letras doradas impresas de Aviación Civil.

 

Los aeropuertos y su toque de distinción, pensó Hassan. Los aviones entraban y salían ahí, en frente de la cristalera de la cafetería, pero aunque la proximidad permitiese distinguir hasta la cara de los pilotos en cabina, el estruendo era inaudible por el doble cristal y la insonorización del aeropuerto. Los pilotos recién desembarcados con su valijas, las azafatas y sus uniformes, ese aire tan Loewe años sesenta, esas medias oscuras y pañuelo al cuello que apenas dejaban vislumbrar las varices, el cansancio, el trajín de los embarques, las horas de vuelo. Todo el mundo tan guapo, Hassan. Todo tan elegante.

 

Empezó en cafetines y en grandes almacenes, allá donde lo contrataban las empresas de limpieza. Empezó robando bobadas, mecheros, carteritas, encantado de marcharse con una cassette virgen o alguna otra baratija en el bolsillo sin pasar por caja. Lo pillaron por primera vez en El Corte Inglés de Cornellà, qué vergüenza, Hassan, trágame tierra; le hicieron pagar aquel llavero tan feo y tuvo la primera amonestación seria. Después fue cambiando de empresa y de sitio, hasta llegar aquí, al aeropuerto del Prat, con sus tiendas duty-free y sus infinitas posibilidades de pequeños robos, cada vez más valiosos por difíciles, más complicados. Qué destreza, Hassan, qué tino, qué elegancia: Al principio llaveros, corbatas, ceniceros, postales, pequeños souvenirs que le llenaban de emoción y vértigo feliz en el momento de agenciárselos. Más adelante relojes, anillos, alguna pulserita de brillantes que le proporcionaron esa otra sensación inédita de que su nómina real no era tan parca como la pintaban los extractos implacables de la Caja. Qué discreción, Hassan. Tanto tiempo ya en el aeropuerto, y nadie, nadie había sospechado nunca de él.

 

Y cada día, cada hora, el más difícil todavía. No tan difícil, en realidad: Todo se limpiaba en el aeropuerto, también la estancia más cara, la más escondida, la de la sala VIP exclusiva para los usuarios de One World, y el área más exclusiva aún dentro de ella, reservada sólo a las tripulaciones.

 

Hassan se fascinó con el maletín negro de cuero con letras doradas. El mito del maletín de los pilotos: una especie de valija diplomática. Ellos no pasaban ningún control, y sus maletines podían contener cualquier cosa. Notó acercarse la tentación, la compulsión más terca, y se remansó en ella. El maletín en el suelo. Los dos comandantes ahí de pie, terminándose sus cocacolas. El golf ya no es lo que era, Willy. Y que lo digas, Jacobo;  ya nada es lo que era.

 

―¿Me pirmiten un momento que pase el suelo?

 

Siempre era igual. Nadie llegaba a mirarle, la gente se apartaba un poco sin devolverle la mirada líquida, sin apenas echarle un vistazo a él, al moro de la limpieza con su carro de escobones y su máquina abrillantadora. La cosa era perfecta; era invisible.

 

Si quieres esconder algo, ya sabes: colócalo en el escaparate. Era atrevido, pero decidió cruzar la sala y el enorme pasillo de la terminal con el maletín posado tranquilamente en el carro de limpieza, junto a la bolsa de basura que colgaba medio llena de su asa. Y en seguida llegó al pasillo de los aseos, y de espaldas a las puertas, metió tranquilamente el maletín en la bolsa de basura, y siguió su camino silbando aquello de ahora es dimassiado tarde, prinsesa.

 

 ―¡Hassan!

 

Se volvió con los párpados entornados.

 

―A ver, Hassan, coño, que son las tantas. No te pases el turno paseando, cullons. Y cambia ahora mismo esa bolsa de basura…

 

―No, no.

 

Emoción, Hassan. Era parte del juego.

 

―¿Cómo que no? No te pases de listo, tú. No te jode…

 

El Dios Supremo tiró de la bolsa de basura casi llena y la cerró distraídamente haciendo un nudo con los extremos de plástico. Hassan parpadeó muy despacio.

 

―Deje, jefe. Yo mi ocupo.

 

―Venga, ya está, Hassan. Anda, pon una bolsa nueva, que no es tan difícil. Ya retiro yo ésta.

 

―De ninguna manira. Traiga.

 

El sudor le resbaló por la frente hasta gotear en su buzo de trabajo. Asía con fuerza la bolsa de plástico amarillo, justo por debajo de donde Su Graciosa Majestad la tenía también agarrada. Los ojos entornados, apáticos. La mirada líquida. Frío, Hassan. Frío como el hielo.

 

―Bueno. Como quieras. Pero llévatela ya, y espabila, cullons. Deja de pasearte por la terminal. Cualquier día de éstos me va a dar por empezar a hacer recortes, leche.

 

Leche, coño, cullons, joder, espabila, moro, recortes. Vocabulario.

 

Si no te gusta, Hassan, te vuelves a tu país.

 

El espacio común de los lavabos de caballeros de esa zona de la terminal  estaba desierto. Deshizo rápidamente el nudo de la bolsa de basura y sacó el maletín de cuero. Comprobó el cierre: cerradura de seguridad con combinación de tres dígitos.

 

Un solo retrete ocupado. Paciencia, Hassan. Se puso a limpiar el espejo con una bayeta, despacio, concienzudamente, la vista panorámica sobre las puertas de los lavabos, hasta que se oyó el ruido de una cisterna y casi al mismo tiempo vio abrirse una de las puertas. Ahora o nunca, Hassan.

 

―Eh, oye. Eh, tú.

 

Se volvió.

 

―Eh, que aquí no hay jabón.

―¿No?

―¿No lo ves, o qué?

 

Tuteo al moro. Caspa. Mala hostia. Pasajeros del Prat. Colocó en silencio el jabón líquido en su porta en la pared y esperó a que el Hijo de la Gran Puta acabara de lavarse y se largara, fantaseando vagamente con un lento degüello, antes de plantar el caballete de plástico amarillo en la puerta y clausurar los lavabos temporalmente por limpieza.

 

Dentro de uno de los retretes, volvió a sacar de su bolsa el maletín de cuero, calibró el peso, lo agitó un poco, palpó sus contornos, y se enfrascó con la combinación. Iba a ser imposible adivinarla, así que hizo saltar el cierre a golpes contra la pared, abrió el maletín y se quedó mirando el interior.

 

Algo blanco, grande, curvo.

 

Papel, Hassan. Papel higiénico de Aena.

 

Vació el contenido de la valija, y se aseguró de que el maletín no contara con ningún bolsillo oculto o doble fondo. El botín se desparramó por el suelo engomado del baño.

 

Seis bolsas de cacahuetes pelados de la compañía de catering. Un muñeco de Hello Kitty. Un llavero del Real Madrid. Un cenicero de Ricard. Un mando a distancia. Una toalla del Hotel Sheraton de Bilbao.

 

Masticó más y más cacahuetes tratando de pensar, hasta que resultó imposible mantener la sonrisa con la boca llena.

 

Miércoles, 23 de Abril de 2008 17:36. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 6 comentarios.

2 Efemérides 2

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Hoy, día de Sant Jordi precisamente, cumple un año esta bitácora, por más que las primeras entregas de El hombre del Bósforo no empezaran a publicarse hasta mayo.

Así que con el doble motivo, os deseo a todos un feliz Día del Libro.

Y como es costumbre en estas fechas, a más de rosas (amarillas, claro, en honor a la librería de moda en la capital), regalo un cuento: el inédito Cleptomanía, que forma parte de mi segundo libro de relatos. Que ustedes lo disfruten.  

Miércoles, 23 de Abril de 2008 17:39. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Hay 5 comentarios.


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