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Madrid, Madrid

Tantas veces me había bastado vagar por Madrid –¿encontraría a la flaca?–, vagar una vez más entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, rastrear la calle por Barquillo y Almirante hasta las Salesas, hasta Alonso Martínez, hasta encontrarte como siempre donde siempre y compartir contigo una caña y unos pocos besos en un café de Regueros o en una tasca de la calle San Mateo. Volver contigo a las tabernas de la calle Echegaray, de Cardenal Cisneros, al Bilbao de Madrid, a Malasaña, al café de Manuela, al Principal, al de Ruiz o al Isadora… Coger un metro, ese metro de las líneas antiguas, Esperanza-Argüelles, Canillejas-Aluche, de olor a polvo subterráneo y a vainilla; ese metro que nos llevaba a algún estreno, que uno dejaba en Tirso de Molina o en Gran Vía para conocer otro teatro más, otra reforma de la reforma de un edificio en ruina técnica desde la Transición, para ir a ver una versión libre de una adaptación de un resumen de una obra de Ionesco basada en un cuento de Chejov e interpretada al estilo de Beckett con diálogos de Genet por media docena de actores y actrices desnudos en un escenario negro (...)
De Cariño gordo, en Obras Repletas (RPI BI-666-07)
Texto y foto © Ignacio Jáuregui Presa (bajo licencia de ColorIuris)
Qué nos queda de Ibiza

Las islas Pitiusas, donde nuestros hermanos mayores descubrieron el amor libre y la marihuana entre calas repletas de peces de colores, y donde James Taylor compondría Carolina in my mind en un ataque de morriña (inexplicable), han sido a lo largo de las décadas un paraíso asediado por todo tipo de piratería, desde los antiguos berberiscos armados en corso a los modernos tiburones del ladrillo y la hipoteca ejecutable. Hoy, al margen de chiringuitos italianos, traficantes de juerga química y yates de nuevo rico, las Pitiusas sobreviven en verano sin idioma ni nación, convertidas en una Babel de gentes tostadas y tatuadas en las que el pan payés, cuando se encuentra, te lo despacha una licenciada argentina. Esto es lo que nos queda, que no es poco.
Una tarde en Varsovia

Uno ha estado dos veces en Varsovia, como estudiante becado en julio de 1981 (pocos meses antes del golpe de estado del teledirigido Wojcziech Jaruzelski), y el pasado fin de semana, casi 30 años después. La ciudad ha cambiado, pero no tanto, y sigue manteniendo la distinción (doy fé) de tener los camareros más lentos del mundo. Así he visto Varsovia en 2009, en una tarde libre.

Desde tal día como hoy, esta bitácora queda mancomunada con los blogs del diario digital Diariocritico.com, dirigido sabiamente (como es propio en esta familia) por el periodista (y primo de uno) Fernando Jáuregui.