Se muestran los artículos pertenecientes al tema Rimas consonantes.
Sobre las influencias literarias

Hállome solo en mi estancia
y dispóngome a escribir.
Y, todo se ha de decir,
no se espere en mí prestancia,
virtuosismo o relumbrón,
que falla la inspiración
por la falta de constancia.
¿Que a qué vienen estos versos?
Buena pregunta. Y a fé
que ni yo mismo lo sé.
¿Quizá a un instinto perverso,
peregrino y machacón
de llenar un papelón
desde el anverso al reverso?
Es posible. ¿Es que no puedo
relatar las mis desgracias?
—Sí que puede.
Muchas gracias.
De usted quedo.
—No hay de qué.
No se sonría el lector
de listillo se las dando,
la su barba acariciando
y escondiendo el su rubor,
que al ver esta trova enteca
ya sé lo que está pensando:
que en mi verso estoy plagiando
a don Pedro Muñoz Seca.
No le quito la razón;
pues hasta el más torpe alcanza
a pensar, de corazón,
que la famosa Venganza
es obra sin parangón
en el género de chanza
versificada. Y comprenda
el lector la mi influencia,
y léame con paciencia,
y procure no le ofenda
este plagio de bajura.
Y es que la literatura
consiste, básicamente,
en, disimuladamente,
y sin cargos de conciencia,
copiar a nuestros ancestros
por la cara, haciendo nuestros
su estilo y sus ocurrencias,
y llamándolo “influencias”
de unos y de otros maestros.
Y en resumen, es por esto
que en estos versos se menta
de mis influencias, una.
Y en otra ocasión alguna,
juro confesar el resto.
La canícula fracturada

Sujetos los hombros en ocho un arnés,
tratando de aquietarle la clavícula
Truman ve cómo pasa la canícula
una semana tras otra, mes a mes,
sin conducir ni llevar pesos ni portes,
sin playa ni piscina ni deportes...
maldiciendo en arameo y neerlandés.
─¿Por qué, Truman, la clavícula
te ha partido la canícula?
─Por cambiar
el coche
por la moto,
buscando
de la canícula
frescura,
conseguí
una fractura
de clavícula.
Qué amargura,
ay, mísero de mí.
Por patinar
al entrar
en la rotonda
perdiendo así
el control
sobre la Honda.
─O sea que fue
al revés.
─Eso es,
amigo Sancho.
Que no fue
que la clavícula
me partiera la canícula.
Culpa fue
más bien
de la canícula,
que me partió
la clavícula
a lo ancho.
─Joder, Truman.
Qué faena.
─De la buena.
Ya lo ves.
Por no parar
con los pies
una caída
ridícula,
quedé condenado a estar
sin clavícula
en canícula.
Y no cabe disimulo,
que aún me queda para un mes,
de no quitarme el arnés,
como los mulos...