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23/04/2008

Cleptomanía

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© Ignacio Jáuregui, 2008

Hassan levantó la vista del abrillantador automático de suelos y los ojos acuosos se pararon en el maletín negro de cuero, con las letras doradas impresas de Aviación Civil.

 

Los aeropuertos y su toque de distinción, pensó Hassan. Los aviones entraban y salían ahí, en frente de la cristalera de la cafetería, pero aunque la proximidad permitiese distinguir hasta la cara de los pilotos en cabina, el estruendo era inaudible por el doble cristal y la insonorización del aeropuerto. Los pilotos recién desembarcados con su valijas, las azafatas y sus uniformes, ese aire tan Loewe años sesenta, esas medias oscuras y pañuelo al cuello que apenas dejaban vislumbrar las varices, el cansancio, el trajín de los embarques, las horas de vuelo. Todo el mundo tan guapo, Hassan. Todo tan elegante.

 

Empezó en cafetines y en grandes almacenes, allá donde lo contrataban las empresas de limpieza. Empezó robando bobadas, mecheros, carteritas, encantado de marcharse con una cassette virgen o alguna otra baratija en el bolsillo sin pasar por caja. Lo pillaron por primera vez en El Corte Inglés de Cornellà, qué vergüenza, Hassan, trágame tierra; le hicieron pagar aquel llavero tan feo y tuvo la primera amonestación seria. Después fue cambiando de empresa y de sitio, hasta llegar aquí, al aeropuerto del Prat, con sus tiendas duty-free y sus infinitas posibilidades de pequeños robos, cada vez más valiosos por difíciles, más complicados. Qué destreza, Hassan, qué tino, qué elegancia: Al principio llaveros, corbatas, ceniceros, postales, pequeños souvenirs que le llenaban de emoción y vértigo feliz en el momento de agenciárselos. Más adelante relojes, anillos, alguna pulserita de brillantes que le proporcionaron esa otra sensación inédita de que su nómina real no era tan parca como la pintaban los extractos implacables de la Caja. Qué discreción, Hassan. Tanto tiempo ya en el aeropuerto, y nadie, nadie había sospechado nunca de él.

 

Y cada día, cada hora, el más difícil todavía. No tan difícil, en realidad: Todo se limpiaba en el aeropuerto, también la estancia más cara, la más escondida, la de la sala VIP exclusiva para los usuarios de One World, y el área más exclusiva aún dentro de ella, reservada sólo a las tripulaciones.

 

Hassan se fascinó con el maletín negro de cuero con letras doradas. El mito del maletín de los pilotos: una especie de valija diplomática. Ellos no pasaban ningún control, y sus maletines podían contener cualquier cosa. Notó acercarse la tentación, la compulsión más terca, y se remansó en ella. El maletín en el suelo. Los dos comandantes ahí de pie, terminándose sus cocacolas. El golf ya no es lo que era, Willy. Y que lo digas, Jacobo;  ya nada es lo que era.

 

―¿Me pirmiten un momento que pase el suelo?

 

Siempre era igual. Nadie llegaba a mirarle, la gente se apartaba un poco sin devolverle la mirada líquida, sin apenas echarle un vistazo a él, al moro de la limpieza con su carro de escobones y su máquina abrillantadora. La cosa era perfecta; era invisible.

 

Si quieres esconder algo, ya sabes: colócalo en el escaparate. Era atrevido, pero decidió cruzar la sala y el enorme pasillo de la terminal con el maletín posado tranquilamente en el carro de limpieza, junto a la bolsa de basura que colgaba medio llena de su asa. Y en seguida llegó al pasillo de los aseos, y de espaldas a las puertas, metió tranquilamente el maletín en la bolsa de basura, y siguió su camino silbando aquello de ahora es dimassiado tarde, prinsesa.

 

 ―¡Hassan!

 

Se volvió con los párpados entornados.

 

―A ver, Hassan, coño, que son las tantas. No te pases el turno paseando, cullons. Y cambia ahora mismo esa bolsa de basura…

 

―No, no.

 

Emoción, Hassan. Era parte del juego.

 

―¿Cómo que no? No te pases de listo, tú. No te jode…

 

El Dios Supremo tiró de la bolsa de basura casi llena y la cerró distraídamente haciendo un nudo con los extremos de plástico. Hassan parpadeó muy despacio.

 

―Deje, jefe. Yo mi ocupo.

 

―Venga, ya está, Hassan. Anda, pon una bolsa nueva, que no es tan difícil. Ya retiro yo ésta.

 

―De ninguna manira. Traiga.

 

El sudor le resbaló por la frente hasta gotear en su buzo de trabajo. Asía con fuerza la bolsa de plástico amarillo, justo por debajo de donde Su Graciosa Majestad la tenía también agarrada. Los ojos entornados, apáticos. La mirada líquida. Frío, Hassan. Frío como el hielo.

 

―Bueno. Como quieras. Pero llévatela ya, y espabila, cullons. Deja de pasearte por la terminal. Cualquier día de éstos me va a dar por empezar a hacer recortes, leche.

 

Leche, coño, cullons, joder, espabila, moro, recortes. Vocabulario.

 

Si no te gusta, Hassan, te vuelves a tu país.

 

El espacio común de los lavabos de caballeros de esa zona de la terminal  estaba desierto. Deshizo rápidamente el nudo de la bolsa de basura y sacó el maletín de cuero. Comprobó el cierre: cerradura de seguridad con combinación de tres dígitos.

 

Un solo retrete ocupado. Paciencia, Hassan. Se puso a limpiar el espejo con una bayeta, despacio, concienzudamente, la vista panorámica sobre las puertas de los lavabos, hasta que se oyó el ruido de una cisterna y casi al mismo tiempo vio abrirse una de las puertas. Ahora o nunca, Hassan.

 

―Eh, oye. Eh, tú.

 

Se volvió.

 

―Eh, que aquí no hay jabón.

―¿No?

―¿No lo ves, o qué?

 

Tuteo al moro. Caspa. Mala hostia. Pasajeros del Prat. Colocó en silencio el jabón líquido en su porta en la pared y esperó a que el Hijo de la Gran Puta acabara de lavarse y se largara, fantaseando vagamente con un lento degüello, antes de plantar el caballete de plástico amarillo en la puerta y clausurar los lavabos temporalmente por limpieza.

 

Dentro de uno de los retretes, volvió a sacar de su bolsa el maletín de cuero, calibró el peso, lo agitó un poco, palpó sus contornos, y se enfrascó con la combinación. Iba a ser imposible adivinarla, así que hizo saltar el cierre a golpes contra la pared, abrió el maletín y se quedó mirando el interior.

 

Algo blanco, grande, curvo.

 

Papel, Hassan. Papel higiénico de Aena.

 

Vació el contenido de la valija, y se aseguró de que el maletín no contara con ningún bolsillo oculto o doble fondo. El botín se desparramó por el suelo engomado del baño.

 

Seis bolsas de cacahuetes pelados de la compañía de catering. Un muñeco de Hello Kitty. Un llavero del Real Madrid. Un cenicero de Ricard. Un mando a distancia. Una toalla del Hotel Sheraton de Bilbao.

 

Masticó más y más cacahuetes tratando de pensar, hasta que resultó imposible mantener la sonrisa con la boca llena.

 

Miércoles, 23 de Abril de 2008 17:36. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 6 comentarios.

16/04/2008

Mandáte mudar, boludo (y IV)

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Al principio las desapariciones fueron muy de ciento en viento, tanto que me costó relacionar unas con otras. Después se hicieron mucho más seguidas y más evidentes. Apenas seis meses después de nuestra boda, habían desparecido su jefa, mi jefe, nuestra casera y casi todos nuestros acreedores, banqueros incluídos, y un vecino que se creía Miles Davis y tocaba horriblemente la trompeta. Poco a poco me fui dando cuenta de que todo lo que nos resultaba molesto o apremiante, desaparecía. Pronto empezaron también a desaparecer los agentes municipales que nos ponían multas, los vendedores en la puerta, las encuestadoras telefónicas, las visitas a destiempo, el famoso presentador de aquel programa-basura, y ese político de pelo ralo que defendía la legitimidad de no sé qué guerra o guerrilla.

 

Fue entonces cuando empecé a relacionar estas desapariciones entre sí, mucho antes de que la policía judicial juntara todas las pistas que llevaban inevitablemente a casa.

 

Hasta aquel día en que me la quedé mirando, fijamente, allí en la cocina, interrogándola en silencio mientras Gina trataba de hacer una mayonesa con la Minipimer. Ella me contestó a la mirada sabiéndose descubierta, impasible, sin levantar la vista de la emulsión.

 

—Mirá, la energía ni se crea ni se destruye; se transforma nomás. Sólo hay que darla un empujoncito, viste, como a esta mayonesa. Aplicás la batidora al aceite con huevo, vinagre y sal y zas, los mandás mudar. Energía transformada.

 

Me lo decía tan claro, envolviéndome con sus efluvios de cara colonia neoyorkina, traspasándome con aquellos ojos índigo, y yo no la entendía.

 

Sólo ahora, cuando recorro los tejados del centro de Madrid desde Atocha hasta la plaza Santa Ana y desde la Puerta del Sol a la Red de San Luis, hollando las tejas de barro cocido con cautela, saltando de casa en casa con cuidado de no enredarme el rabo en algún canalón, sólo ahora me doy cuenta de que nunca debí exigirle explicaciones a Gina, y mucho menos amenazar con abandonarla.

 

Energía transformada. Como antes otros fueron cerdos, cabras, ardillas o palomas, o como lo son ahora estas ratas de cloaca que persigo, hasta hace bien poco trabajadores más o menos honrados o personalidades públicas de nombre ilustre. Hasta que de uno u otro modo, sea en la calle, en el portal o en la escalera, en el trabajo, en la cola del supermercado, en el periódico, en la radio o en la televisión, contrariaron a Gina y la hicieron enfadar.

 

Sólo ella es capaz de deshacer esta venganza, de volver a transformar la energía y remodelar mi materia. Por eso la seguiré buscando por los tejados hasta que vuelva a encontrarla, y por eso sigo maullando sin fin en la noche de Madrid.

 

Miércoles, 16 de Abril de 2008 19:49. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 6 comentarios.

15/04/2008

Mandáte mudar, boludo (III)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

En primer lugar, yo nunca había pensado seriamente en casarme, y si lo hubiese hecho, me habría gustado invitar a mi familia y a todos mis amigos, o si me apuran, incluso haber volado hasta Buenos Aires a conocer a mi familia política y perpetrar allí una emotiva ceremonia nupcial de sabor porteño, con bandoneón y todo. Pero no.

 

Nos casamos de vuelta hacia España, tras cruzar unas pocos cientos de kilómetros de autopistas a través de Bélgica y de la Picardía, por entre verdes moquetas herbáceas moteadas de rebaños de vacas frisonas con olor a pastos y a mierda sana. La idea fue suya, repentina: Gina era así; yo era más joven. Nos casamos en París, dónde si no, en una capillita vacía de Saint-Germain-des-Prés, de forma urgente y sin invitados ni testigos –nunca se vio boda más triste, a pesar de todas aquellas palomas revoloteando dentro de la capilla- y, tras una cena íntima en una brasserie del Barrio Latino de cuyo nombre no quiero acordarme y cuyo antipático camarero, ay, desapareció tras el primer plato, consumamos con urgencia nuestro matrimonio en un hotel de tres estrellas cercano a los jardines de Luxemburgo, en un encuentro tan latino como el barrio que pisábamos, ya saben, Rayuela: Horacio Oliveira y la Maga haciendo retumbar a ritmo de jazz todo el hotelito de la rue Vaugirard desde los sótanos a las mansardas.

 

Cómo podía yo haber sospechado. Nunca encontré nada raro en su título en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tampoco en su afición a esos libros de bolsillo que venden en los departamentos de Crecimiento Personal de las librerías. Y en principio tampoco encontré nada extraordinario en sus inclinaciones esporádicas a la parapsicología, a los horóscopos chinos y no chinos, a las cartas astrales, al tarot y la quiromancia, y a cuanta ociosidad esotérica se nos cruzara desde una librería, desde un escaparate, desde una emisora o un programa de televisión.

 

—Qué querés, boludo. Soy bruja, viste.

 

Ah, qué tiempos. Nos instalamos en Madrid, en aquel Madrid de los años ochenta, donde la llevaba a tomar cañas heladas en la Cruz Blanca o la Dolores y la besaba a sorbos en lóbregos cafés y tascas de Lavapiés o de Malasaña por entre las bajadas de tabernas y adoquines y de mierda de perro en cada esquina, donde aguantábamos el limosneo callejero de presuntos poetas angoleños o manchegos y perseguíamos por el Retiro a las ardillas de importación, donde nos abrazábamos en las Vistillas o en el templo del Debod y yo contemplaba sus ojos azul Mahón y su naricilla roma y su bustier de fantasía y allá al fondo la casa de Campo como si se tratara del mismo Masai Mara, donde de tarde en tarde descubríamos a un nuevo saxofonista en el Central, en Clamores o en un pasillo del metro de Antón Martín, o escuchábamos -qué tiempos- a Jaime Marques en el Whisky Jazz de Diego de León, o pateábamos la plaza de Oriente y la vadeábamos apartando las palomas (por Dios, cuántas palomas) hasta perdernos en una mesa del fondo de ese restaurante de La Latina que sólo Gina y yo sabíamos.

 

Bueno. Bien. Aceptémoslo. Sí hubo cosas muy extrañas desde el principio de nuestro matrimonio, pero entonces era joven y me faltaba experiencia para sopesar los hechos, o quizá me faltaba la voluntad de hacer frente a una realidad que producía vértigo. Porque no era tan joven como para no darme cuenta de que nunca tuvimos grandes problemas o grandes enemigos.

 

Es decir, sí teníamos contratiempos, claro, como todo el mundo, pero ocurre que simplemente no duraban.

 

Desaparecían.

(Continuará)

Martes, 15 de Abril de 2008 13:37. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 3 comentarios.

14/04/2008

Mandáte mudar, boludo (II)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

¿Cómo habían podido fallarme tantos cálculos desde mi butaca? ¿Cómo pueden convertirse unos planes de vacaciones perfectos en aquel desastre? Para empezar: ¿Cómo podía haber sospechado yo la existencia de Gina?

Gina tenía por aquel entonces veintiocho años, calculo, y unos padres en Buenos Aires y una abuela en Catamarca, así que decía continuamente cosas como pollera y sobretodo y cielorraso y vos sabés y vos tenés. Tenía también un par de ojos azules y un bustier de fantasía como para volverlo a uno loco. Cuando el día anterior, recién llegado a Amsterdam, la había encontrado en aquel bar, yo no era todavía un miserable ratero multado por la ley, sino sólo un médico soltero y feliz, un tipo normal de vacaciones en busca de paz y de paseos solitarios por los canales.

No sé qué me hizo entrar en aquel café del Jordaan. El cálido ambiente ocre del interior, la sed de una cerveza Amstel degustada despacio mientras repasaba mis notas de viaje en la intimidad, el chaparrón estival que caía sobre Amsterdam. Qué sé yo. Entré en aquel café. Primer error de cálculo.

Entré, y al verla allí en la barra, alegre, radiante, hermosísima, leyendo El País con tanto interés, me llegaron al alma su naricilla roma, los susodichos ojos de tono añil oscuro y ese acento argentino tan Cortázar cuando hablaba con el camarero –español, el camarero, cómo no, gallego de Cangas de Morrazo–. Entonces no sabía que era psicóloga. En realidad no lo parecía. Ya saben a qué me refiero; conocerán psicólogos. Hablan bastante y tal. Gina no. 

De acuerdo, suena estúpido, lo confieso. Me enamoré perdidamente a primera vista. Segundo error de cálculo.

Porque el asunto es que Gina no estaba sola, claro. Ninguna chica como Gina está sola nunca en ningún sitio del mundo.

Apenas entré en aquel bar, ya la rodeaban tres tipos con ese aire que a uno le resulta familiar cuando recuerda las portadas de los álbumes de ACDC, Kiss o Motorhead. Tres tipos enormes y de aspecto alarmante. Los tres la agobiaban medio en broma, la empujaban sin gracia, y ella hacía como que no quería darse cuenta y se enfrascaba más y más en el periódico con cada empujón, con cada piropo obsceno en holandés.

“Dulcinea”, pensé, y me acerqué al grupo con las manos en los bolsillos y la cara que solía poner Dana Andrews ante los gángsters en las películas de Fritz Lang.

—Por fin te encuentro —dije, abriéndome paso entre los gigantes y colándome justo al lado de Gina en la barra. De cerca, Gina olía a Carolina Herrera. Me miró muda y con ojos de plato, y yo seguí hablándole en español con el acento más pijo y tranquilizador que supe, rodeándole la espalda con el brazo—. ¿Y bien? ¿Conocemos a estos señores?

—No sé si vos los conocés —Gina abrió más todavía sus ojos de plato de porcelana azul de Worcester y arrugó su naricilla roma mirándose casual el bustier de flores—, pero yo es la primera vez que los veo en mi vida.  Patoteros de acá, pelotudos con ganas de quilombo. No sé quién sos, pero sos providencial, che.

El más alto de los tres, un oso rubio con los bigotes apuntillados de espuma de cerveza, me miraba desde lo alto con la boca abierta, secándose con parsimonia las manos tatuadas en la chupa de cuero negro cruzado de cremalleras, mientras sus dos comparsas se reían como lerdos. Me dijo algo en holandés, que por supuesto no entendí, mientras los dos subnormales se reían más. Yo no había hecho nada todavía, pero me di cuenta en seguida de estar metiéndome en un follón irreversible. El tipo me dio un pequeño empujón que me derribó en el suelo tres metros más allá del grupo. Gina gritó. Me levanté disimulando todo lo posible el pánico, sacudiéndome, elegante, la ropa, e intenté el paso siguiente y obligado, es decir, un directo a la mandíbula apoyado en la sorpresa. Tercer error de cálculo.

Recibí más tortas que una estera. Me hicieron beber a la fuerza unos tres litros de cerveza con ginebra. Se divirtieron conmigo, vaya.

Así es que cuando me desperté semienterrado en un cubo de basura en un callejón cercano a la plaza Dam me dolía todo el cuerpo y tenía una resaca mortal, además de no tener cartera ni documentación ni una mala moneda con que llamar por teléfono. Me habían robado todo, obviamente. Mi dinero, mis tarjetas de crédito, mis llaves, mi orgullo, mi colmillo inferior izquierdo. Y por supuesto a Gina, que no parecía estar por ninguna parte.

Ah, qué ansias de venganza por encima de todo otro padecimiento. Qué no hubiera dado entonces por tener a mano uno de mis bisturíes Becton-Dickinson para recuperar mi dinero y mi documentación a golpe de arma blanca. Empecé la búsqueda de mis agresores calle por calle y antro por antro. Recorrí los canales, febril, preguntando a transeúntes y turistas, camareros y camellos, joyeros y vendedores de sex-shops, policías y lumias del Barrio Rojo. Volví de nuevo al oscuro café de mis desdichas e incluso creí reconocer las pringosas chupas de cuero negro aún colgadas en el perchero de la entrada, pero al acercarme a los cuartos de baño con la torpe intención de reencontrar a aquellos majaderos e intentar la revancha a puñetazos, todo lo que pude encontrar fue lo que me pareció un trozo de la Holanda más rural en el centro de Amsterdam: un triste patio trasero al otro lado de la ventana del baño con tres cerdos desganados revolviendo en el contenedor de la basura.

Necesitaba reconocer a mis agresores, al menos para cursar mi denuncia. Pero el hambre empezó a apretarme desde primera hora de la mañana, obligándome a tomar prestados una barra de pan y una lata de jamón cocido a cuenta de un supermercado cercano al parque Vondel.

Cuarto error de cálculo. Fui esposado a la puerta del supermercado y conducido a la comisaría más cercana. Y allí estaba.

—A hundred guilders —repetía el comisario, y yo le repetía que no tenía cien florines, coño. Pero cuando por fin uno de aquellos guardias me abrió la puerta de la calle empujándome a salir sin más contemplaciones, intuí todo resuelto. Allí, en la puerta de la comisaría, cabizbaja, sonriente, estaba Gina.

—¿Tú… tú has pagado la multa?

—Quién si no, sonso. Te debía el favor. Vos sos mi héroe, después de todo.

Fue entonces cuando descubrí que Gina era psicóloga. Ya he dicho que no lo parecía en realidad. Estoy seguro de que saben a qué me refiero. No se subía a peanas científico-culturales intentando tomar un ascendente sobre uno. Pero lo era. Quizá por eso supo en seguida sondear mi estado de ánimo.

—Vaya bronca que tenés, la pucha.

Era aguda. Y era linda, como dicen allá en la Argentina. Y parecía tan buena, siempre tan rodeada de animales, rondada por gatos y perros, sobrevolada por mirlos y palomas, cual femenina versión rioplatense de San Francisco de Asís. Así es que apenas una semana después de este encuentro me casé con ella.

Quinto error de cálculo. Porque sólo a mí se me ocurre casarme con una psicóloga argentina.

Déjenme contarles a qué me refiero...

(Continuará)

Lunes, 14 de Abril de 2008 07:13. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 2 comentarios.

12/04/2008

Mandáte mudar, boludo (I)

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Ignacio Jáuregui

Publicado en "Relatos de Mente" © Faes Farma, 2004

Lo principal era controlar la taquicardia, esas palpitaciones tercas que rebotaban del precordio a la garganta, y en ello me concentré, mirándome las puntas raídas de los calcetines. El calabozo era gris, gris el techo y el suelo y las paredes, de un gris liso y sin interrupciones, como el interior de una caja de cerillas, excepto por la mirilla cuadrangular en la puerta de metal blindada. Y yo estaba allí solo, descalzo –le hacen a uno despojarse de los zapatos y de todo lo que lleva en los bolsillos antes de encerrarlo-, sin más entretenimiento que contarme los latidos por minuto, rumiar mi enfado y distraerme con las pequeñas pintadas en la pared junto al portón, que decían cosas en holandés, vocablos desconocidos con dobles oes y jotas, probables tacos que no podía descifrar pero que seguro compartía.

 

Admitámoslo: Estaba allí detenido, sin dinero, sin cartera, con un hambre de lobo, sin duchar, oliendo a rayos y enamorado como un lerdo.

 

Las pisadas de bota acercándose por el pasillo volvieron a mezclarse con mis palpitaciones. Se descorrió un cerrojo, dos. Se abrió el portón, y allí estaba otra vez aquel gorila rubio.

 

—You. Out.

 

Su inglés era escueto, escaso, feo, mal pronunciado. Me lo quedé mirando, midiendo las distancias, notando ya el alivio en la certeza de que la violencia física estaba descartada, a pesar de ese aspecto de homínido nazi que había conseguido aterrarme a mi llegada a la comisaría.

 

—You follow me.

 

Quería que le siguiera, eso era todo. Bueno. Bien. Iba a explicarles que yo era médico y todo eso, un tipo respetable, y que la tentativa de delito menor que acababa de cometer se debía a una situación de pobreza momentánea de la que no era responsable, y a una costumbre hispana de supervivencia con antecedentes literarios desde el Siglo de Oro.

 

El jefe local de Policía tenía, sin embargo, muy poco conocimiento del Lazarillo o el Buscón, y dada mi falta de documentación, su perfecto derecho a no creerme. Me puso en las narices una declaración escrita en un inglés lamentable en la que yo me reconocía autor de robo sin atenuantes literarios, y me informó sin más de que estaba condenado a una multa de cien florines.

 

—A hundred guilders —le hice repetir. Todo eran dificultades, realmente. No tenía cien florines. No tenía nada, y ese era el problema inicial por el que me encontraba allí.

 

Sucedió hace ya tanto. Estaba en Amsterdam, Holanda, y las cosas me iban mal, muy mal.

(Continuará)

Sábado, 12 de Abril de 2008 09:45. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 1 comentario.

05/07/2007

Kennedy y yo (II)

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© Ignacio Jáuregui, 2006

Publicado en el colectivo Lugares de Paso, Escuela de Escritores SL, Madrid, 2006

Como era niño despierto, pese a mi corta edad, no paraba yo de ver y leer los asuntos de Kennedy en el semanario “SP”. La crisis de los misiles. El desastre de la bahía de Cochinos. El rearme frente a los soviéticos. El Sudeste asiático. La conquista del Espacio. Yo ignoraba todo sobre política, pero me gustaba ese tipo. Aunque ya intuía yo entonces que ser presidente de los Estados Unidos era un marrón; pero tenía que tener también sus momentos, porque Jack (como le llamaban los allegados) era todo sonrisas en todas las fotos. 

Todavía no iba al colegio cuando ocurrió, así que aquel día de noviembre debía yo volver del parque. Entré en casa tan contento, preguntándome qué habría para comer, es decir, qué flotaría aquel día en la bechamel (Las familias numerosas solían llevar entonces, y suelen todavía, una sana dieta semivegetariana, a base de macarrones, arroces y bechameles con poca cosa añadida). Así que aquel día me solté de la mano de mi madre, me colé en la cocina y encontré a una de mis hermanas friendo unas cuatrocientas croquetas con el aire tristón y la mirada perdida en la espumadera: 

−Han matado a Kennedy, mamá.

−¿Cómo?

−Lo que oyes.

−Pero ¿quién? −pregunté yo, porque a base de hojear semanarios, ya sospechaba yo que candidatos, había− ¿Los rusos? ¿Los cubanos? ¿Los norvietnamitas? ¿Los oponentes republicanos? ¿El Ku-Kux-Klan? ¿La Mafia?

−No se sabe. Los malos −me dijo mi hermana, sin entrar en detalles−. La gente mala que hay en el mundo.  

Para detalles y cuestiones incómodas, me mandaban siempre a preguntar a mi padre. 

Creo que fue entonces cuando compramos la tele, porque lo recuerdo bien. El asesinato de Kennedy mientras desfilaba por Dallas. El malo-que-hay-en-el-mundo era un agente comunista llamado Oswald, que le había volado la cabeza al presidente él solito desde tres ángulos distintos, según le contó a la policía tras llenarle ésta la cara de moratones (por resistencia a la autoridad), justo antes de que un oscuro mafioso lo callara para siempre a tiros. La gente mala que hay en el mundo. Mis hermanas estuvieron compungidas durante un año y se adueñó de mi casa una sensación de desesperanza añadida a la desesperanza normal de la familia por llegar a fin de mes.  

Pero yo lo que tuve es miedo. Muchísimo miedo. La gente mala que hay en el mundo se me apareció en sueños diariamente. Era yo niño sagaz, pero niño; y hasta entonces hacía a la gente mala bajo control, recluída en la cárcel o en hospitales para psicópatas o donde quiera que tuviese que estar. Pero si de repente, la gente mala que hay en el mundo se cargaba al presidente Kennedy, joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón, nadie estábamos a salvo. Nadie sobre el planeta Tierra.  

−Pero entonces, ¿es que siempre mandan los malos en el mundo? −le pregunté a mi madre alguno de aquellos días. 

−No, hijo, no −me tranquilizó ella, con poca convicción−. Pero en qué cabeza cabe. Cómo van a mandar los malos.  

No consiguió persuadirme, y me puse a preguntarle que si sólo era en América, o si también mandaban en España, pero no me contestó.  

Y de eso no venía nada en  La Gaceta del Norte  ni en el “SP”.  

Quizá en el Marca 

Así que, como siempre, tuve que ir a preguntar a mi padre. 

Jueves, 05 de Julio de 2007 22:38. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 2 comentarios.

02/07/2007

Kennedy y yo (I)

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© Ignacio Jáuregui, 2006

Publicado en el colectivo Lugares de Paso, Escuela de Escritores SL, Madrid, 2006

Dicen que nací una noche tempestuosa a mediados del siglo XX, a medio camino entre el Duranguesado y Bilbao, en el fragor de una violenta tormenta de verano y dentro del Gordini de mi padre que avanzaba por el valle en la espesura, mientras mi madre daba alaridos ahogados de multípara a medida que yo me escurría cabeza abajo buscando el cuero de imitación del asiento trasero.

Eran aquellos los años de la guerra fría: Los rusos acababan de lanzar al espacio el legendario cohete Sputnik, y Kruschev trampeaba con Eisenhower, y Eisenhower trampeaba con Franco y le colocaba bases militares por toda la península, y se estrenaba  Ben-Hur, y Domenico Modugno ganaba Eurovisión con  Ciao ciao bambina. Nacían muchos niños, y yo fui el enésimo hermano en una de aquellas hiperbólicas familias numerosas de los tiempos. Quizá por eso, dicen que fui un niño despierto. Hay quien dice, incluso, que fui guapo, aunque en este punto las versiones difieren, y mucho.

−Qué niño más guapo −le decían algunas vecinas envidiosas a mi madre−. Es tan guapo que parece niña.

−Sale a su padre −sonreía mi madre con orgullo y con modestia. Y en seguida contraatacaba−: Tu niño sí que es guapo, con esas cejas tan pobladas, que está hecho ya un machote y un señor.

−Es niña −murmuraba ronca la vecina.

Dicen que fui un niño tan despierto, tan despierto, que aunque el primer aparato de televisión no entraría en casa hasta mediados de los sesenta, yo ya seguía sin saber leer la actualidad en blanco y negro en las fotos de La Gaceta del Norte y de aquel semanario llamado "SP" que leía mi madre. Mi padre le daba más bien al  Marca, creo recordar.

Cielos, cómo nos gustaba Kennedy. Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón. Qué más podíamos pedir. A mi madre se le humedecían los ojos al leer en sus discursos la convincente necesidad de aniquilar al Vietcong y de invadir Cuba y de fabricar diez veces más misiles con cabezas nucleares que la Unión Soviética. Y encima Kennedy se había casado por la iglesia católica romana, y con Jacqueline, que a mí se me hacía feúcha como mis hermanas; pero ellas la encontraban fastuosa. Aquellos jóvenes pijos de Nueva Inglaterra con sus fincas y sus balandros en  Massachussets  Aquello se empezó a copiar desde las fotos del  Hola!  en toda España. Todos mis hermanos varones se disfrazaron de Kénnedys. Como todos suspiraron también por Marilyn Monroe.

Creo que la tele −aquella televisión Vanguard con antenas en el techo que se sintonizaba a manotazos− todavía iba a tardar un año en entrar en casa, así que debió ser la radio de Raúl Matas la que dio la noticia el día que Marylin Monroe apareció suicidada. Aquello rompió el corazón de mis hermanos varones. No el de la sección femenina de casa; según mi madre, ése era el final normal y merecido de las actrices/meretrices sin educación y sin principios que tomaban drogas y somníferos y que vivían de divorcio en divorcio y se acostaban sin otra cosa encima que unas gotas de Chanel nº 5. Yo era muy pequeño, así que no opinaba; además, a mí Marilyn no me decía nada; no iba al cine. Tardaría todavía treinta y tantos años en enamorarme de la maravillosa Norma Jean Baker de las fotos en blanco y negro, treintañera curiosa, loca por aprender algo de la intelectualidad neoyorkina, sin cosméticos ni lunares postizos. Y qué sabía yo entonces de si se la tiraba o no John Kennedy. Y a mí qué me importaba. Y de haberlo sabido, habría considerado el asunto como parte de la campaña presidencial por los derechos civiles. En casa no se hablaba de otra cosa.

−Cómo le gustan las minorías a este Kennedy. Los negros...

−Los hispanos…

−Las actrices…

−Si es lo que tiene, que encima de guapo, es católico a machamartillo.

Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón.

Ay, cómo nos gustaba Kennedy.

 

Lunes, 02 de Julio de 2007 17:52. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 7 comentarios.

17/06/2007

Desde Santurce a Bilbao

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© Ignacio Jáuregui, 2006

1er Premio del I Concurso de Cuentos con Banda Sonora, FNAC/Escuela de Escritores, 2006 

No ha amanecido del todo, pero a través del ventanuco ya se adivina el mal tiempo ahí fuera: la bandada de gaviotas levita a media altura, detenida en una ráfaga de viento, y Fabián sabe, como sabe todo el mundo, que cuando las gaviotas aparecen ría adentro es que amenaza temporal fuera del Abra.  

Levantarse o no levantarse todavía a encender el fogón, se pregunta hecho un ovillo entre las mantas. Gorostiaga y Goitisolo, dice el calendario en la pared frente a la cama, noviembre, mil novecientos veintiocho; y una botella de vino quinado grabada sobre la fotografía del Athletic en alineación: Lafuente, Chirri, Unamuno, Gorostiza, Iraragorri… Fabián nota una sacudida familiar: Tiembla la cama al paso del primer ferrocarril de la mañana hacia Sestao, cargado de mineral de hierro de Carranza. Deben de haber dado ya las seis de la mañana, aunque no recuerda las campanadas en Santa María.  

Se vuelve hacia Amparo, acurrucada junto a él bajo las sábanas. Siente sus pantorrillas enredarse entre las suyas, los muslos desnudos de veinteañera, que recuerda ligeramente manchados de azul mahón. Fabián se ríe en alto. La falda de sardinera, que pierde el tinte con los remojones.

Se levanta con cuidado de no despertarla, y se pone el chaquetón sobre el cuerpo desnudo, aterido, tanteando con los pies las baldosas en busca de sus alpargatas. Se asoma al ventanuco, entrecerrando los ojos para intentar distinguir, entre la cortina de nubes bajas, la dársena y los cargueros que rebasan el Puente Colgante, las gabarras cargadas de carbón que remontan la ría a la sirga. Chillan las gaviotas, revueltas, asustadas del cielo plomizo o de vaya uno a saber qué. Qué asco de mañana.

Hoy no voy. 

Se lo ha dicho muchas veces, muchas mañanas como ésta. Pero es que hoy está completamente seguro. 

Hoy va a ir a la fundición su puta madre.         

*   *   *

Desde Santurce a Bilbao, canta Amparo en un susurro ceñida a Fabián en la mañana helada, vengo por toda la orilla, con la falda remangada, luciendo la pantorrilla. A estas horas, en la parroquia sólo se oye bisbisear avemarías a varias docenas de viudas de luto riguroso: viudas del chiquiteo, del grisú de la mina y de los altos hornos, de la tuberculosis, de la guerra del Rif, de la dictadura de Primo de Rivera. Lo que no se ve en la parroquia a las ocho de la mañana es a la gente joven en edad de trabajar.  

-Fuera la boina, chaval, que estamos en la iglesia. 

El padre Iturmendi tuerce el gesto y Fabián le mira con hastío los zapatones bajo la sotana, el pelo blanco, el escapulario, la cojera.  

-¿Qué queréis vosotros?

-Queremos casarnos. 

Lo han dicho los dos casi a la vez, así que se miran y les da la risa. El párroco no se ríe. 

-¿Tú no eres Fabián? ¿El hijo de Mari Ochoa?

-Sí. Y ésta es Amparo. Somos novios. Queremos casarnos.

-Ya.  

Hay distancia, y problemas, en el tono del cura. Fabián nota otra vez ese cansancio infinito. El de siempre.

-¿Tú te quieres casar? ¿Por la Iglesia de Roma? 

Fabián hace un gesto vago con la cabeza. 

-¿Por qué no estás en el trabajo? ¿Es que han cerrado la fundición? ¿O es que ya te han puesto en la calle de una vez?

-No, nada de eso…

-Ya veo. Es que ahora los de la CNT vais a venir los lunes a misa de ocho, y a casaros por la Iglesia. 

Fabián siente la sangre agolpársele en la cara. A ver si los de la Confederación van a estar en lo cierto cuando hablan del clero cómplice del Directorio Militar, tocando siempre los cojones.  

-Mire, padre… tengamos la fiesta en paz. Sólo queremos casarnos. 

Mira a Amparo, que tiene puesta en la cara la sonrisa más limpia e inocente del mundo. Amparo carraspea, con tímido orgullo. 

-Esperamos un niño, padre. 

No hay sorpresa visible detrás de las gafas del padre Iturmendi. Hay apenas, por encima de cualquier otro matiz apreciable, un brillo de victoria. 

-Ya. Con prisas, encima  –Abre la puerta lateral del altar, y su voz se pierde en la escolanía-. Hala a tu trabajo, chaval. Y tú, niña, a lo tuyo. Mira lo que pasa por andar con anarquistas. Estas cosas se piensan antes. 

Fabián se siente explotar y vocifera al interior de la sacristía. 

-¡Cágüendios! ¡Ya dará la vuelta a la tortilla! ¡Os vais a enterar!

-Largo de aquí. A blasfemar a Rusia, y que os case José Stalin. Y no me hagas llamar a la Guardia de Asalto. A ver si el que te vas a enterar vas a ser tú. 

Fabián se cala otra vez la boina, ignora los gestos apaciguadores de Amparo, la agarra del brazo y sale por el pórtico lateral de la iglesia, intentando un portazo imposible por el freno del portón.   

*   *   *   

Amparo se abraza a Fabián y lo tranquiliza, cuando emprenden de nuevo el largo camino por la dársena hasta los muelles. Fabián pregunta en tres cargueros.  

-¿Y vosotros qué sabeis hacer?

-Nosotros cocinamos. Marmitako. Patatas en salsa verde.  

El buque Sopelana, con tripulación gallega, que zarpa esa misma mañana hacia el Río de la Plata, los acepta. Casados o no.      

*   *   *

Desde Santurce a Bilbao, sigue cantando Amparo en la popa del buque, como el piar de un mirlo recién salido del nido, mientras se va alejando la villa de Portugalete. Fabián le ciñe el talle de sardinera y sueña con América y con el hijo en camino. Y a medida que ve empequeñecerse sin nostalgia la silueta de Santa María y la del Puente Colgante, se le va poniendo en la cara una sonrisa de domingo.            

Hoy va a ir a la fundición su puta madre. ■

Domingo, 17 de Junio de 2007 12:13. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 17 comentarios.

04/06/2007

Cariño gordo

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© Ignacio Jáuregui, 2005

Editado en el colectivo Tusitala (El narrador)
Adamar Ediciones.  Madrid, 2005 
(ISBN: 84-934056-7-1)

Llueve en Bilbao, y la plaza Circular hoy me recuerda aquella otra noche tan lluviosa de Madrid, tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola, y los pies mojados secándose dentro de las pantuflas al calor del brasero eléctrico. En ese recuerdo te abrazo más fuerte, te ciño la cintura de avispa mientras bajamos camino del Arenal por la calle Buenos Aires, y aunque sé que tu abrazo recíproco es mentira, trato de creérmelo, encajo la presión de tu brazo en mi cintura de hipopótamo como muestra de pasión, pero sé muy bien que tu caricia es sólo un consuelo, un premio de consolación, un caramelo, una dádiva sin un asomo de ese cariño enorme y posesivo que a ratos me consume a mí por tí.   

Madrid y tú. Tantas veces me había bastado vagar -¿Encontraría a la flaca?-, vagar una vez más entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, rastrear la calle por Barquillo y Almirante hasta las Salesas, hasta Alonso Martínez, hasta encontrarte como siempre donde siempre y compartir contigo una caña y unos pocos besos en un café de Regueros o en una tasca de la calle San Mateo. Volver contigo a las tabernas de la calle Echegaray, de Cardenal Cisneros, al Bilbao de Madrid, a Malasaña, al café de Manuela, al Principal, al de Ruiz, a la Vía, al Isadora… Coger un metro, ese metro de las líneas antiguas, Esperanza-Argüelles, Canillejas-Aluche, de olor a polvo subterráneo y a vainilla­; ese metro que nos llevaba a algún estreno, que uno dejaba en Tirso de Molina o en Gran Vía para conocer otro teatro más, otra reforma de la reforma de un edificio en ruina técnica desde la Transición, para ir a ver una versión libre de una adaptación de un resumen de una obra de Ionesco basada en un cuento de Chéjov e interpretada al estilo de Beckett con diálogos de Genet por media docena de actores y actrices desnudos en un escenario negro. Tantas veces todo eso y mucho más: tenerte como entonces, flaca, quererte y que me quieras, y no que me toleres, y no que me consueles con un beso sin ganas.  

Te quise en Madrid, te quise tanto. Me quisiste; estoy casi seguro. Aunque siempre te parecí gordo, tan gordo. En la noche lluviosa Bilbao resbala, el basalto mojado de la acera desafía suelas y tacones y tú y yo seguimos bajando, dando traspiés bajo la lluvia débil y pesada y pertinaz sin nada que contarnos, sin nada que decirnos desde hace tanto tiempo. 

—¿Te acuerdas de Madrid?

—¿Qué dices?

—Que si te acuerdas. Madrid. Las tardes de lluvia. Nos poníamos ciegos de pasta…

—De ensaladas.

—Sí, flaca, sí. También de ensaladas.

—¿Por qué te da ahora por hablarme de Madrid?

—No, por nada, mujer. Sólo es la lluvia… me ataca la memoria.

—Ya. A mí me ataca los nervios, fíjate. 

Otra vez esa sonrisa vacía, hueca de contenido, huera, estéril, yerma, esa sonrisa antártica que me consume de angustia y me hace abrazarte más y más fuerte, ceñirte la cintura diminuta buscando una reciprocidad que ya no existe por mucho que te abrace. Es como ceñir un poste, una farola. Te he perdido.  Está fuera de duda.     

—¿Es que no hay un taxi libre en todo Bilbao? Estoy hecha una sopa. Podías haberte acordado del paraguas, tú también.  

—Tienes razón. Ten, toma mi chaqueta. 

Cruzamos en silencio el Arenal, la avispa y el hipopótamo, camino del Casco Viejo, y el asfalto mojado redibuja, deformadas, las siluetas luminosas del teatro Arriaga, del hotel, del Boulevard y los bancos. No miro por dónde voy, no veo las fuentes ni los árboles ni los arriates. Ni siquiera noto los pies húmedos, ni el sirimiri que, sin chaqueta, me empapa ya directamente la camisa. Sólo percibo tus pasos rápidos sobre los adoquines, flaca, tu silueta huidiza que se aleja un poco más de mí con cada paso, con cada vez que te intento rodear la cintura evasiva; tu mano como de pez, escurridiza, que ya no aprieta la mía cuando intento entrelazar mis dedos entre los tuyos. Tus dedos delgados. Mis dedos gordos.  

Ya no recuerdo cuántos kilos llegué a perder por ti, por mí, por verme digno, por intentar estar a la altura de ti y tus ensaladas. Pero eso fue hace tanto. 

Buscamos el cobijo de los soportales de la Plaza Nueva, y entramos en un bar, sorteando gente, paraguas plegados, gabardinas, niños, perros, y nos acercamos hasta la barra pisando serrín, palillos, servilletas, colillas, cabezas de gambas. Te vas, malhumorada, hacia los cuartos de baño. 

—¿Qué te pido…? —pregunto, pero ya no me oyes, no quieres oírme, no te vuelves. 

Te sobro completamente. 

Me vuelvo a la barra. Los pinchos de tortilla me miran, acogedores. Pinchos. Cuánto me cuesta acostumbrarme a tu escarola y a tu pescado hervido. Me matas de hambre, flaca. Y yo siempre igual de gordo. Gordo como…  

…como ella. Está ahí en frente, al otro lado de la barra circular. Es gorda, muy gorda, como una foca, y engulle pinchos a la velocidad de una máquina de troquelar. Sonríe con los ojos, una sonrisa dulce allá detrás de los inmensos pómulos rollizos, y su sonrisa resulta un desafío en sí misma, una guerra declarada a los endocrinólogos y los dietistas y los consejos radiofónicos. El anorak vistoso y el vestido, todo tan alegre. Todo le queda tan mal. Es perfecta.          

Sin dejar de mirarla de reojo, vuelvo de nuevo la vista a los pinchos de tortilla, alineados junto a una legión de platos multicolores donde se mezclan pequeñas obras de arte a base de huevo, atún, pimiento, aceitunas, gambas, salsa rosa, champiñones, jamón, salmón, cabello de ángel. Qué demonios. Qué demonios. 

—Pero ¿qué haces? ¡Oye! ¿Te has vuelto loco…? —preguntas, pero ya no te contesto. No te noto llegar. Sólo engullo pinchos de tortilla, bocaditos de jamón con pimiento frito, sándwiches de atún con mayonesa y tartaletas de ensaladilla—. ¡Pero si estás… a régimen! 

No te contesto. No te miro. Sólo la miro a ella, a través del culo del vaso de cerveza. Ya sólo tengo ojos para ella. Tan gorda. Tan feliz. Me vuelvo a ti por fin y te contemplo, abúlico, bovino. 

—En Madrid me querías. Me quisiste, ¿verdad? Siquiera un poco, flaca. Confiésalo. 

—Pues claro.  

Esa falta de convicción, ese descrédito, esa condescendencia, esa lástima aquiescente en la mirada, ese asomo de ternura agria y despectiva que ya se ha hecho costumbre.  

Eructo. Tanto pincho. Tanta cerveza.  

Me doy la vuelta, buscando en la barra esos otros pinchos de ventresca de bonito y de revuelto de setas con jamón que todavía no he probado.  

No noto cuándo te marchas.  

El camarero me llena la jarra. Ella, mi rolliza alma gemela, me está mirando, me sonríe con los ojos, se me acerca, y siento un escalofrío adolescente. Gordo, me digo: ésta es tu noche.

Afuera, sigue lloviendo y lloviendo sobre Bilbao, y como aquella otra noche remota de Madrid (tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola), creo que vuelvo a ser el tipo más gordo y más feliz del mundo.
Lunes, 04 de Junio de 2007 23:20. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 14 comentarios.


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