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Resumen
- 02/07/2007 17:52 - Kennedy y yo (I)
- 05/07/2007 22:38 - Kennedy y yo (II)
- 07/07/2007 20:58 - Finalista al fin
- 22/07/2007 08:07 - Reencuentro, de Fred Uhlman (Tusquets)
02/07/2007
Kennedy y yo (I)

© Ignacio Jáuregui, 2006
Publicado en el colectivo Lugares de Paso, Escuela de Escritores SL, Madrid, 2006
Dicen que nací una noche tempestuosa a mediados del siglo XX, a medio camino entre el Duranguesado y Bilbao, en el fragor de una violenta tormenta de verano y dentro del Gordini de mi padre que avanzaba por el valle en la espesura, mientras mi madre daba alaridos ahogados de multípara a medida que yo me escurría cabeza abajo buscando el cuero de imitación del asiento trasero.
Eran aquellos los años de la guerra fría: Los rusos acababan de lanzar al espacio el legendario cohete Sputnik, y Kruschev trampeaba con Eisenhower, y Eisenhower trampeaba con Franco y le colocaba bases militares por toda la península, y se estrenaba Ben-Hur, y Domenico Modugno ganaba Eurovisión con Ciao ciao bambina. Nacían muchos niños, y yo fui el enésimo hermano en una de aquellas hiperbólicas familias numerosas de los tiempos. Quizá por eso, dicen que fui un niño despierto. Hay quien dice, incluso, que fui guapo, aunque en este punto las versiones difieren, y mucho.
−Qué niño más guapo −le decían algunas vecinas envidiosas a mi madre−. Es tan guapo que parece niña.
−Sale a su padre −sonreía mi madre con orgullo y con modestia. Y en seguida contraatacaba−: Tu niño sí que es guapo, con esas cejas tan pobladas, que está hecho ya un machote y un señor.
−Es niña −murmuraba ronca la vecina.
Dicen que fui un niño tan despierto, tan despierto, que aunque el primer aparato de televisión no entraría en casa hasta mediados de los sesenta, yo ya seguía sin saber leer la actualidad en blanco y negro en las fotos de La Gaceta del Norte y de aquel semanario llamado "SP" que leía mi madre. Mi padre le daba más bien al Marca, creo recordar.
Cielos, cómo nos gustaba Kennedy. Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón. Qué más podíamos pedir. A mi madre se le humedecían los ojos al leer en sus discursos la convincente necesidad de aniquilar al Vietcong y de invadir Cuba y de fabricar diez veces más misiles con cabezas nucleares que la Unión Soviética. Y encima Kennedy se había casado por la iglesia católica romana, y con Jacqueline, que a mí se me hacía feúcha como mis hermanas; pero ellas la encontraban fastuosa. Aquellos jóvenes pijos de Nueva Inglaterra con sus fincas y sus balandros en Massachussets… Aquello se empezó a copiar desde las fotos del Hola! en toda España. Todos mis hermanos varones se disfrazaron de Kénnedys. Como todos suspiraron también por Marilyn Monroe.
Creo que la tele −aquella televisión Vanguard con antenas en el techo que se sintonizaba a manotazos− todavía iba a tardar un año en entrar en casa, así que debió ser la radio de Raúl Matas la que dio la noticia el día que Marylin Monroe apareció suicidada. Aquello rompió el corazón de mis hermanos varones. No el de la sección femenina de casa; según mi madre, ése era el final normal y merecido de las actrices/meretrices sin educación y sin principios que tomaban drogas y somníferos y que vivían de divorcio en divorcio y se acostaban sin otra cosa encima que unas gotas de Chanel nº 5. Yo era muy pequeño, así que no opinaba; además, a mí Marilyn no me decía nada; no iba al cine. Tardaría todavía treinta y tantos años en enamorarme de la maravillosa Norma Jean Baker de las fotos en blanco y negro, treintañera curiosa, loca por aprender algo de la intelectualidad neoyorkina, sin cosméticos ni lunares postizos. Y qué sabía yo entonces de si se la tiraba o no John Kennedy. Y a mí qué me importaba. Y de haberlo sabido, habría considerado el asunto como parte de la campaña presidencial por los derechos civiles. En casa no se hablaba de otra cosa.
−Cómo le gustan las minorías a este Kennedy. Los negros...
−Los hispanos…
−Las actrices…
−Si es lo que tiene, que encima de guapo, es católico a machamartillo.
Joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón.
Ay, cómo nos gustaba Kennedy.
05/07/2007
Kennedy y yo (II)

© Ignacio Jáuregui, 2006
Publicado en el colectivo Lugares de Paso, Escuela de Escritores SL, Madrid, 2006
Como era niño despierto, pese a mi corta edad, no paraba yo de ver y leer los asuntos de Kennedy en el semanario “SP”. La crisis de los misiles. El desastre de la bahía de Cochinos. El rearme frente a los soviéticos. El Sudeste asiático. La conquista del Espacio. Yo ignoraba todo sobre política, pero me gustaba ese tipo. Aunque ya intuía yo entonces que ser presidente de los Estados Unidos era un marrón; pero tenía que tener también sus momentos, porque Jack (como le llamaban los allegados) era todo sonrisas en todas las fotos.
Todavía no iba al colegio cuando ocurrió, así que aquel día de noviembre debía yo volver del parque. Entré en casa tan contento, preguntándome qué habría para comer, es decir, qué flotaría aquel día en la bechamel (Las familias numerosas solían llevar entonces, y suelen todavía, una sana dieta semivegetariana, a base de macarrones, arroces y bechameles con poca cosa añadida). Así que aquel día me solté de la mano de mi madre, me colé en la cocina y encontré a una de mis hermanas friendo unas cuatrocientas croquetas con el aire tristón y la mirada perdida en la espumadera:
−Han matado a Kennedy, mamá.
−¿Cómo?
−Lo que oyes.
−Pero ¿quién? −pregunté yo, porque a base de hojear semanarios, ya sospechaba yo que candidatos, había− ¿Los rusos? ¿Los cubanos? ¿Los norvietnamitas? ¿Los oponentes republicanos? ¿El Ku-Kux-Klan? ¿La Mafia?
−No se sabe. Los malos −me dijo mi hermana, sin entrar en detalles−. La gente mala que hay en el mundo.
Para detalles y cuestiones incómodas, me mandaban siempre a preguntar a mi padre.
Creo que fue entonces cuando compramos la tele, porque lo recuerdo bien. El asesinato de Kennedy mientras desfilaba por Dallas. El malo-que-hay-en-el-mundo era un agente comunista llamado Oswald, que le había volado la cabeza al presidente él solito desde tres ángulos distintos, según le contó a la policía tras llenarle ésta la cara de moratones (por resistencia a la autoridad), justo antes de que un oscuro mafioso lo callara para siempre a tiros. La gente mala que hay en el mundo. Mis hermanas estuvieron compungidas durante un año y se adueñó de mi casa una sensación de desesperanza añadida a la desesperanza normal de la familia por llegar a fin de mes.
Pero yo lo que tuve es miedo. Muchísimo miedo. La gente mala que hay en el mundo se me apareció en sueños diariamente. Era yo niño sagaz, pero niño; y hasta entonces hacía a la gente mala bajo control, recluída en la cárcel o en hospitales para psicópatas o donde quiera que tuviese que estar. Pero si de repente, la gente mala que hay en el mundo se cargaba al presidente Kennedy, joven, guapo, millonario, americano y católico, el cabrón, nadie estábamos a salvo. Nadie sobre el planeta Tierra.
−Pero entonces, ¿es que siempre mandan los malos en el mundo? −le pregunté a mi madre alguno de aquellos días.
−No, hijo, no −me tranquilizó ella, con poca convicción−. Pero en qué cabeza cabe. Cómo van a mandar los malos.
No consiguió persuadirme, y me puse a preguntarle que si sólo era en América, o si también mandaban en España, pero no me contestó.
Y de eso no venía nada en La Gaceta del Norte ni en el “SP”.
Quizá en el Marca.
Así que, como siempre, tuve que ir a preguntar a mi padre.
07/07/2007
Finalista al fin

El relato Mirando al mar soñé, obra del viejo y resignado Ignacio Jáuregui (a) Truman Capótegui, factótum de esta bitácora, ha quedado finalista del XI Premio Vargas Llosa NH de Relatos 2006.
Los ganadores del certamen de este año han sido Marta Sanz (relato inédito, con Regalos), Rubén Abella (libro de relatos inédito, con No habría sido igual sin la lluvia) y Fernando Aramburu (libro publicado en 2006, con Los peces de la amargura).
Otros relatos finalistas han sido:
- Las fuentes del Nilo, del escritor y editor Alfonso Fernández Burgos, autor de novelas como Al final de la mirada (Tusquets, Barcelona, 1999, Premio Juan Pablo Forner) o Skins (Gens Ediciones, Madrid, 2007), y del libro de relatos Mujer con perro sobre fondo blanco (Gens Ediciones, Madrid, 2005).
- Plantas de interior, de Francisco Hidalgo.
- Tres vidas, de Claudia Larraguíbel.
- Vecinos, de Carlos Martínez Montesinos.
En mi caso, creo que este premio habría sido imposible sin un hábito y una forma de escribir en el que han tenido mucho que ver la Escuela de Escritores de Madrid y muy especialmente los consejos de Javier Sagarna. Desde aquí, gracias, Javier y el resto de profesores de la EE.
Por otra parte, este premio demuestra que nunca es tarde para intentar un buen cuento. Es más: dado que ni Alfonso Fernández Burgos, ni Francisco Hidalgo ni yo somos de Primera Comunión, parece que se impone una arenga literaria a los más jóvenes:
Perseverad, hijos míos, que algún día, al fin, tal vez antes de la tercera edad, llegaréis a ser finalistas de algún premio como Dios manda.
22/07/2007
Reencuentro, de Fred Uhlman (Tusquets)

El libro trata al mismo tiempo de la adolescencia y del sentido de la amistad, pero también de la escuela alemana en épocas prehitlerianas, de los cachorros de la burguesía, del maravilloso paisaje zuavo y bávaro, del descubrimiento de la cultura y el conocimiento, y quizás sobre todo ello, de la autenticidad y del sentido de la vida y la existencia.
Y hay que confesar que al terminar esta última línea y cerrar el libro, se le encoge a uno la glotis y tiene que mantener a raya una molesta lágrima asomada en el ojo que no acaba de irse de ahí en toda la tarde. Puede que en toda la vida.
