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Resumen

04/06/2007

Cariño gordo

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© Ignacio Jáuregui, 2005

Editado en el colectivo Tusitala (El narrador)
Adamar Ediciones.  Madrid, 2005 
(ISBN: 84-934056-7-1)

Llueve en Bilbao, y la plaza Circular hoy me recuerda aquella otra noche tan lluviosa de Madrid, tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola, y los pies mojados secándose dentro de las pantuflas al calor del brasero eléctrico. En ese recuerdo te abrazo más fuerte, te ciño la cintura de avispa mientras bajamos camino del Arenal por la calle Buenos Aires, y aunque sé que tu abrazo recíproco es mentira, trato de creérmelo, encajo la presión de tu brazo en mi cintura de hipopótamo como muestra de pasión, pero sé muy bien que tu caricia es sólo un consuelo, un premio de consolación, un caramelo, una dádiva sin un asomo de ese cariño enorme y posesivo que a ratos me consume a mí por tí.   

Madrid y tú. Tantas veces me había bastado vagar -¿Encontraría a la flaca?-, vagar una vez más entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá, rastrear la calle por Barquillo y Almirante hasta las Salesas, hasta Alonso Martínez, hasta encontrarte como siempre donde siempre y compartir contigo una caña y unos pocos besos en un café de Regueros o en una tasca de la calle San Mateo. Volver contigo a las tabernas de la calle Echegaray, de Cardenal Cisneros, al Bilbao de Madrid, a Malasaña, al café de Manuela, al Principal, al de Ruiz, a la Vía, al Isadora… Coger un metro, ese metro de las líneas antiguas, Esperanza-Argüelles, Canillejas-Aluche, de olor a polvo subterráneo y a vainilla­; ese metro que nos llevaba a algún estreno, que uno dejaba en Tirso de Molina o en Gran Vía para conocer otro teatro más, otra reforma de la reforma de un edificio en ruina técnica desde la Transición, para ir a ver una versión libre de una adaptación de un resumen de una obra de Ionesco basada en un cuento de Chéjov e interpretada al estilo de Beckett con diálogos de Genet por media docena de actores y actrices desnudos en un escenario negro. Tantas veces todo eso y mucho más: tenerte como entonces, flaca, quererte y que me quieras, y no que me toleres, y no que me consueles con un beso sin ganas.  

Te quise en Madrid, te quise tanto. Me quisiste; estoy casi seguro. Aunque siempre te parecí gordo, tan gordo. En la noche lluviosa Bilbao resbala, el basalto mojado de la acera desafía suelas y tacones y tú y yo seguimos bajando, dando traspiés bajo la lluvia débil y pesada y pertinaz sin nada que contarnos, sin nada que decirnos desde hace tanto tiempo. 

—¿Te acuerdas de Madrid?

—¿Qué dices?

—Que si te acuerdas. Madrid. Las tardes de lluvia. Nos poníamos ciegos de pasta…

—De ensaladas.

—Sí, flaca, sí. También de ensaladas.

—¿Por qué te da ahora por hablarme de Madrid?

—No, por nada, mujer. Sólo es la lluvia… me ataca la memoria.

—Ya. A mí me ataca los nervios, fíjate. 

Otra vez esa sonrisa vacía, hueca de contenido, huera, estéril, yerma, esa sonrisa antártica que me consume de angustia y me hace abrazarte más y más fuerte, ceñirte la cintura diminuta buscando una reciprocidad que ya no existe por mucho que te abrace. Es como ceñir un poste, una farola. Te he perdido.  Está fuera de duda.     

—¿Es que no hay un taxi libre en todo Bilbao? Estoy hecha una sopa. Podías haberte acordado del paraguas, tú también.  

—Tienes razón. Ten, toma mi chaqueta. 

Cruzamos en silencio el Arenal, la avispa y el hipopótamo, camino del Casco Viejo, y el asfalto mojado redibuja, deformadas, las siluetas luminosas del teatro Arriaga, del hotel, del Boulevard y los bancos. No miro por dónde voy, no veo las fuentes ni los árboles ni los arriates. Ni siquiera noto los pies húmedos, ni el sirimiri que, sin chaqueta, me empapa ya directamente la camisa. Sólo percibo tus pasos rápidos sobre los adoquines, flaca, tu silueta huidiza que se aleja un poco más de mí con cada paso, con cada vez que te intento rodear la cintura evasiva; tu mano como de pez, escurridiza, que ya no aprieta la mía cuando intento entrelazar mis dedos entre los tuyos. Tus dedos delgados. Mis dedos gordos.  

Ya no recuerdo cuántos kilos llegué a perder por ti, por mí, por verme digno, por intentar estar a la altura de ti y tus ensaladas. Pero eso fue hace tanto. 

Buscamos el cobijo de los soportales de la Plaza Nueva, y entramos en un bar, sorteando gente, paraguas plegados, gabardinas, niños, perros, y nos acercamos hasta la barra pisando serrín, palillos, servilletas, colillas, cabezas de gambas. Te vas, malhumorada, hacia los cuartos de baño. 

—¿Qué te pido…? —pregunto, pero ya no me oyes, no quieres oírme, no te vuelves. 

Te sobro completamente. 

Me vuelvo a la barra. Los pinchos de tortilla me miran, acogedores. Pinchos. Cuánto me cuesta acostumbrarme a tu escarola y a tu pescado hervido. Me matas de hambre, flaca. Y yo siempre igual de gordo. Gordo como…  

…como ella. Está ahí en frente, al otro lado de la barra circular. Es gorda, muy gorda, como una foca, y engulle pinchos a la velocidad de una máquina de troquelar. Sonríe con los ojos, una sonrisa dulce allá detrás de los inmensos pómulos rollizos, y su sonrisa resulta un desafío en sí misma, una guerra declarada a los endocrinólogos y los dietistas y los consejos radiofónicos. El anorak vistoso y el vestido, todo tan alegre. Todo le queda tan mal. Es perfecta.          

Sin dejar de mirarla de reojo, vuelvo de nuevo la vista a los pinchos de tortilla, alineados junto a una legión de platos multicolores donde se mezclan pequeñas obras de arte a base de huevo, atún, pimiento, aceitunas, gambas, salsa rosa, champiñones, jamón, salmón, cabello de ángel. Qué demonios. Qué demonios. 

—Pero ¿qué haces? ¡Oye! ¿Te has vuelto loco…? —preguntas, pero ya no te contesto. No te noto llegar. Sólo engullo pinchos de tortilla, bocaditos de jamón con pimiento frito, sándwiches de atún con mayonesa y tartaletas de ensaladilla—. ¡Pero si estás… a régimen! 

No te contesto. No te miro. Sólo la miro a ella, a través del culo del vaso de cerveza. Ya sólo tengo ojos para ella. Tan gorda. Tan feliz. Me vuelvo a ti por fin y te contemplo, abúlico, bovino. 

—En Madrid me querías. Me quisiste, ¿verdad? Siquiera un poco, flaca. Confiésalo. 

—Pues claro.  

Esa falta de convicción, ese descrédito, esa condescendencia, esa lástima aquiescente en la mirada, ese asomo de ternura agria y despectiva que ya se ha hecho costumbre.  

Eructo. Tanto pincho. Tanta cerveza.  

Me doy la vuelta, buscando en la barra esos otros pinchos de ventresca de bonito y de revuelto de setas con jamón que todavía no he probado.  

No noto cuándo te marchas.  

El camarero me llena la jarra. Ella, mi rolliza alma gemela, me está mirando, me sonríe con los ojos, se me acerca, y siento un escalofrío adolescente. Gordo, me digo: ésta es tu noche.

Afuera, sigue lloviendo y lloviendo sobre Bilbao, y como aquella otra noche remota de Madrid (tú y tus ensaladas, flaca, yo y mis fetuccini al gorgonzola), creo que vuelvo a ser el tipo más gordo y más feliz del mundo.
Lunes, 04 de Junio de 2007 23:20. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 14 comentarios.

12/06/2007

Borges y el "problemático ejercicio de la literatura"

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"Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba...".

Jorge Luis Borges. El milagro secreto

Artificios (1944)


En Borges, el problemático ejercicio de la literatura siempre consistió en una especie de juego, el juego artesanal de un visionario capaz de pergeñar Ficciones, El Aleph, la Historia universal de la infamia o los relatos policiales del apócrifo H. Bustos Domecq, escritos al alimón con Adolfo Bioy Casares.
Me ha encantado redescubrir a Borges veinticinco años después en Artificios. Como con otros autores releídos (desde García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa a Truman Capote, Anthony Burguess o Graham Greene), ocurre que la perspectiva actual es completamente distinta, aunque lo que estés leyendo sea lo mismo que a los veinte años. Ahora Borges me ha fascinado con sus cuentos-pesadilla de los años 40, con la angustia omnisciente de Funes el memorioso, el minuto detenido en el tiempo de Hladík en el momento que lo fusilan, la lógica perversa del teólogo Runeberg cuando cree entender que Dios se encarnó en Judas, los crímenes cabalísticos del Tetragrámaton, el punto de vista del traidor y teórico de izquierdas Moon o el descubrimiento del biógrafo Ryan de que la historia de su heroico bisabuelo es una gran mentira adornada con pasajes de Shakespeare.

Creo que es necesario releer a Borges, aunque sea con un diccionario al lado, aunque su nivel de erudición pueda resultar a veces desesperante; al menos, es breve, lo que siempre se agradece. Y resulta grato, y extraño, que sesenta y tantos años después de haber escrito estos relatos tan mínimos, haya conseguido llenar de nuevo de inquietos recuerdos mis noches de insomnio, como las del pobre Ireneo Funes.


 

Martes, 12 de Junio de 2007 13:07. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Confieso que he leído Hay 3 comentarios.

17/06/2007

Desde Santurce a Bilbao

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© Ignacio Jáuregui, 2006

1er Premio del I Concurso de Cuentos con Banda Sonora, FNAC/Escuela de Escritores, 2006 

No ha amanecido del todo, pero a través del ventanuco ya se adivina el mal tiempo ahí fuera: la bandada de gaviotas levita a media altura, detenida en una ráfaga de viento, y Fabián sabe, como sabe todo el mundo, que cuando las gaviotas aparecen ría adentro es que amenaza temporal fuera del Abra.  

Levantarse o no levantarse todavía a encender el fogón, se pregunta hecho un ovillo entre las mantas. Gorostiaga y Goitisolo, dice el calendario en la pared frente a la cama, noviembre, mil novecientos veintiocho; y una botella de vino quinado grabada sobre la fotografía del Athletic en alineación: Lafuente, Chirri, Unamuno, Gorostiza, Iraragorri… Fabián nota una sacudida familiar: Tiembla la cama al paso del primer ferrocarril de la mañana hacia Sestao, cargado de mineral de hierro de Carranza. Deben de haber dado ya las seis de la mañana, aunque no recuerda las campanadas en Santa María.  

Se vuelve hacia Amparo, acurrucada junto a él bajo las sábanas. Siente sus pantorrillas enredarse entre las suyas, los muslos desnudos de veinteañera, que recuerda ligeramente manchados de azul mahón. Fabián se ríe en alto. La falda de sardinera, que pierde el tinte con los remojones.

Se levanta con cuidado de no despertarla, y se pone el chaquetón sobre el cuerpo desnudo, aterido, tanteando con los pies las baldosas en busca de sus alpargatas. Se asoma al ventanuco, entrecerrando los ojos para intentar distinguir, entre la cortina de nubes bajas, la dársena y los cargueros que rebasan el Puente Colgante, las gabarras cargadas de carbón que remontan la ría a la sirga. Chillan las gaviotas, revueltas, asustadas del cielo plomizo o de vaya uno a saber qué. Qué asco de mañana.

Hoy no voy. 

Se lo ha dicho muchas veces, muchas mañanas como ésta. Pero es que hoy está completamente seguro. 

Hoy va a ir a la fundición su puta madre.         

*   *   *

Desde Santurce a Bilbao, canta Amparo en un susurro ceñida a Fabián en la mañana helada, vengo por toda la orilla, con la falda remangada, luciendo la pantorrilla. A estas horas, en la parroquia sólo se oye bisbisear avemarías a varias docenas de viudas de luto riguroso: viudas del chiquiteo, del grisú de la mina y de los altos hornos, de la tuberculosis, de la guerra del Rif, de la dictadura de Primo de Rivera. Lo que no se ve en la parroquia a las ocho de la mañana es a la gente joven en edad de trabajar.  

-Fuera la boina, chaval, que estamos en la iglesia. 

El padre Iturmendi tuerce el gesto y Fabián le mira con hastío los zapatones bajo la sotana, el pelo blanco, el escapulario, la cojera.  

-¿Qué queréis vosotros?

-Queremos casarnos. 

Lo han dicho los dos casi a la vez, así que se miran y les da la risa. El párroco no se ríe. 

-¿Tú no eres Fabián? ¿El hijo de Mari Ochoa?

-Sí. Y ésta es Amparo. Somos novios. Queremos casarnos.

-Ya.  

Hay distancia, y problemas, en el tono del cura. Fabián nota otra vez ese cansancio infinito. El de siempre.

-¿Tú te quieres casar? ¿Por la Iglesia de Roma? 

Fabián hace un gesto vago con la cabeza. 

-¿Por qué no estás en el trabajo? ¿Es que han cerrado la fundición? ¿O es que ya te han puesto en la calle de una vez?

-No, nada de eso…

-Ya veo. Es que ahora los de la CNT vais a venir los lunes a misa de ocho, y a casaros por la Iglesia. 

Fabián siente la sangre agolpársele en la cara. A ver si los de la Confederación van a estar en lo cierto cuando hablan del clero cómplice del Directorio Militar, tocando siempre los cojones.  

-Mire, padre… tengamos la fiesta en paz. Sólo queremos casarnos. 

Mira a Amparo, que tiene puesta en la cara la sonrisa más limpia e inocente del mundo. Amparo carraspea, con tímido orgullo. 

-Esperamos un niño, padre. 

No hay sorpresa visible detrás de las gafas del padre Iturmendi. Hay apenas, por encima de cualquier otro matiz apreciable, un brillo de victoria. 

-Ya. Con prisas, encima  –Abre la puerta lateral del altar, y su voz se pierde en la escolanía-. Hala a tu trabajo, chaval. Y tú, niña, a lo tuyo. Mira lo que pasa por andar con anarquistas. Estas cosas se piensan antes. 

Fabián se siente explotar y vocifera al interior de la sacristía. 

-¡Cágüendios! ¡Ya dará la vuelta a la tortilla! ¡Os vais a enterar!

-Largo de aquí. A blasfemar a Rusia, y que os case José Stalin. Y no me hagas llamar a la Guardia de Asalto. A ver si el que te vas a enterar vas a ser tú. 

Fabián se cala otra vez la boina, ignora los gestos apaciguadores de Amparo, la agarra del brazo y sale por el pórtico lateral de la iglesia, intentando un portazo imposible por el freno del portón.   

*   *   *   

Amparo se abraza a Fabián y lo tranquiliza, cuando emprenden de nuevo el largo camino por la dársena hasta los muelles. Fabián pregunta en tres cargueros.  

-¿Y vosotros qué sabeis hacer?

-Nosotros cocinamos. Marmitako. Patatas en salsa verde.  

El buque Sopelana, con tripulación gallega, que zarpa esa misma mañana hacia el Río de la Plata, los acepta. Casados o no.      

*   *   *

Desde Santurce a Bilbao, sigue cantando Amparo en la popa del buque, como el piar de un mirlo recién salido del nido, mientras se va alejando la villa de Portugalete. Fabián le ciñe el talle de sardinera y sueña con América y con el hijo en camino. Y a medida que ve empequeñecerse sin nostalgia la silueta de Santa María y la del Puente Colgante, se le va poniendo en la cara una sonrisa de domingo.            

Hoy va a ir a la fundición su puta madre. ■

Domingo, 17 de Junio de 2007 12:13. Autor: Ignacio Jáuregui. Enlazar artículo. Tema: Relatos y correlatos Hay 17 comentarios.


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